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Capítulo 190:
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Annabel lo miró con impotencia.
No necesitaba su ayuda.
Quería que la publicación permaneciera activa mientras durara el alboroto. Era divertido ver cómo la gente se volvía ciegamente contra ella cuando en realidad era la víctima.
¿Por qué era tan entrometido este hombre?
De todos modos, estaba claro que Rupert solo hacía esto porque se preocupaba por ella. Annabel se sintió conmovida al pensarlo.
Sonrió alegremente. «De verdad que estoy bien».
Acercándose a ella, Rupert le susurró al oído: «Annabel, eres mi prometida. Es mi deber protegerte, ¿entiendes?».
Su cálido aliento le rozó el cuello, haciéndola sonrojar.
El corazón de Annabel comenzó a latir más rápido. Contuvo la respiración mientras una extraña sensación la invadía, haciéndola curvar los dedos de los pies. Al segundo siguiente, se mordió con fuerza el interior del labio inferior. ¿Cómo podía permitir que él la afectara de esa manera?
Una vez que logró recuperar la respiración, lo apartó y dijo: «Alguien podría vernos. De todos modos, no deberías involucrarte demasiado en mis asuntos. No tenemos una relación real. Puedo cuidar de mí misma».
A Annabel no le gustaba estar en deuda con nadie. Rupert le había sido de gran ayuda últimamente, y no quería que se convirtiera en un hábito. Si lo hacía, las cosas solo se complicarían más.
El rostro de Rupert se ensombreció. Emociones contradictorias brillaron en sus ojos, pero pronto se obligó a calmarse.
De repente, la atrajo hacia él y Annabel cayó en sus brazos involuntariamente.
—Sé sincera, Annabel. ¿Solo me ves como tu prometido contractual? —preguntó Rupert con voz grave, rodeando con el brazo su esbelta cintura.
Su cálido aliento a menta le acarició la cara y su corazón volvió a acelerarse. Podía ver su reflejo en sus ojos oscuros; sentía como si la atrajeran.
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Al cabo de un rato, Annabel apartó la mirada. Lo empujó una vez más, apretó los labios y finalmente preguntó: «¿Qué más eres para mí?».
El rostro de Rupert se ensombreció.
Annabel se debatió entre sus brazos, lo que solo avivó su deseo de conquistarla. Como ella no lo veía más que como su prometido contractual, él quería demostrarle que era mucho más que eso.
Quizá la dinámica de su relación cambiaría después de eso. Rupert la abrazó con fuerza.
«¡Suéltame!», gritó Annabel, tratando de liberarse.
«¿Y si no lo hago?», sonrió Rupert con frialdad.
El aire de la sala de descanso pareció congelarse.
De repente, alguien llamó a la puerta.
«¿Hay alguien ahí?», preguntó una voz.
Otra voz dijo con impaciencia: «¿Quién demonios ha cerrado la puerta por dentro? ¿Acaso creen que la sala de descanso es suya? Esto es ridículo».
Annabel aprovechó la oportunidad para liberarse de su abrazo. «¡Suéltame!».
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