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Capítulo 1844:
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Anika lo pensó una y otra vez, pero seguía sin encontrar una respuesta. No le quedó más remedio que dejar la pregunta a un lado por el momento.
Suspirando, se tocó el vientre abultado. El bebé se movía ligeramente en su útero.
«Lo único que quiero es que estés sano», le susurró Anika al bebé. De alguna manera, eso logró consolarla un poco.
Sin embargo, no tardó mucho en volver a pensar en la aterradora escena del callejón. Al recordarla, Anika se sintió abrumada por una sensación de inquietud. ¿Y si no la hubieran llevado al hospital a tiempo? No se atrevía a imaginar lo que habría pasado.
Agotada, cerró los ojos, con ganas de dormir un rato. Pero en ese momento, la cara de Marcel apareció en su mente. Parecía que Marcel aún no se había dado cuenta de que ella no estaba en casa.
No pudo evitar pensar que debía de estar con Elva. ¿Habían pasado la noche juntos?
Al pensar en ello, Anika sintió como si le hubieran pinchado el corazón con una aguja. Aún recordaba las provocadoras palabras de Elva por teléfono, que sugerían que Marcel se había enamorado de ella.
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Anika sentía que acababa de perder algo invaluable, y esa sensación la carcomía por dentro. Si Marcel ahora estaba enamorado de Elva, ¿podría siquiera volver a esa villa?
Tenía la mente hecha un lío. Con todas las emociones que había experimentado ese día, estaba agotada y finalmente se quedó dormida.
Poco después, se oyó un ruido en el pasillo. Anika abrió los ojos y escuchó vagamente unas voces. Aunque no podía distinguir las palabras, reconoció una de las voces como la de Marcel. La persona con la que hablaba era probablemente una enfermera.
Anika estaba aturdida y no sabía si aquello era solo un sueño. Pero, de repente, la puerta de la sala se abrió de un empujón desde fuera.
Anika volvió en sí de repente y vio a Marcel entrar en la sala. Era él de verdad.
«Anika… ¿Estás bien?», preguntó Marcel preocupado. Anika estaba aturdida en ese momento, y Marcel, profundamente preocupado, se acercó a su cama y la llamó suavemente por su nombre, tomándole la mano.
La voz de Marcel devolvió a Anika a la realidad, y los dos se miraron a los ojos por un instante. La mirada de Marcel estaba llena de preocupación.
Sin embargo, Anika no sentía nada. Cuando miró al hombre que tenía delante, era como si estuviera mirando a un desconocido.
Marcel se preocupaba profundamente por ella, y en ese momento estaba inquieto. Le explicó repetidamente que había trabajado hasta muy tarde la noche anterior y que había pasado casi toda la noche buscándola.
Pero después de explicarse durante tanto tiempo, se dio cuenta de que, dijera lo que dijera, a Anika no parecía importarle.
Al darse cuenta de esto, Marcel preguntó confundido: «¿Por qué no dices nada? ¿Estás enfadada conmigo?».
Al oír esto, Anika se echó a reír de repente.
En ese momento parecía tan inocente. Si no hubiera recibido esa llamada, le habría creído tontamente.
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