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Capítulo 1662:
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Frunciendo el ceño, Annabel se preguntó cómo había aparecido de la nada aquella multitud de periodistas.
Su mirada se dirigió a Nichol, que lucía una sonrisa pícara en el rostro, en marcado contraste con su anterior aire de determinación. En ese instante, Annabel se dio cuenta de que la habían engañado.
«Señorita Hewitt, ¿le importaría aclararnos el propósito de su reunión con la señorita Guerrero?»
Los ojos de Annabel se volvieron fríos y soltó a Nichol.
«La señorita Guerrero lleva una vida preciosa en su interior y usted la ha traído a esta cafetería. Si ocurriera algún percance, ¿asumirá usted la responsabilidad? ¿O acaso este desenlace formaba parte de su plan desde el principio?».
Las especulaciones de los medios dejaron a Annabel perpleja.
Nunca había imaginado que estos periodistas tejerían historias tan imaginativas basadas en un simple encuentro entre ella y Nichol.
«Señorita Hewitt, ¿por qué calla? ¿Siente el peso de la culpa sobre sus hombros?».
Ante las preguntas de los medios, los ojos de Annabel se oscurecieron. Miró con frialdad a la lente de la cámara.
«Ajá…».
De repente, Nichol estalló en sollozos, cubriéndose la boca con la mano.
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Al instante, la atención de los medios se centró en Nichol, atraída por esa cruda muestra de emoción.
«Señorita Guerrero, no tema. Estamos aquí y nos aseguraremos de que prevalezca la justicia».
Esas palabras encendieron una sensación de indignación en Annabel.
La insinuación era clara: Nichol era la víctima, agraviada por Annabel.
«No se preocupen por mí, todos. Es mi propia insensatez. No debería haber expuesto a mi hijo por nacer a las miradas indiscretas del público. Debería estar a solas con mi hijo», pronunció Nichol entre sollozos, con lágrimas corriendo por su rostro, mientras su vientre embarazado se convertía en un conmovedor símbolo de vulnerabilidad.
Los periodistas comenzaron a compadecerse de Nichol, y algunos le tendieron pañuelos para que se secara las lágrimas.
«Nunca imaginé que la situación llegaría a estos extremos. Mi único objetivo era buscar justicia para mí y para mi hijo frente a la familia Benton. Sin embargo, antes de que nadie del clan Benton pudiera pronunciar una sola palabra, la señorita Hewitt se adelantó para atormentarme. Supongo que debo culpar a mis desafortunadas circunstancias», » relató Nichol, y sus palabras despertaron la compasión de los periodistas.
En marcado contraste con el lamentable estado de Nichol, Annabel desprendía un aire de distanciamiento e indiferencia.
Esto no hizo más que avivar aún más la furia de los periodistas, que dirigieron sus cámaras hacia Annabel, captando con sus objetivos el destello de sus ojos.
«Señorita Hewitt, ¿qué tiene que decir ante estas acusaciones?».
El rostro de Annabel se endureció, su determinación forjada en medio de la tormenta.
«Aún no podemos determinar la veracidad de este asunto. No hay necesidad de exponer a una mujer embarazada al calor abrasador del sol de esta tarde».
Pero su negativa a dar explicaciones no hizo más que reforzar la convicción de los periodistas de que había descargado su ira sobre los más vulnerables.
Mientras tanto, Nichol encontró consuelo en su dolor fingido, manteniendo la fachada de una mujer agraviada.
«La señorita Hewitt, un dechado de la alta sociedad, ¿qué le importa una alma humilde como la mía? Al fin y al cabo, ¡somos solo mi hijo y yo quienes soportaremos el peso de esta prueba!».
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