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Capítulo 1132:
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Una misteriosa sonrisa se dibujó en los labios de Rupert. Simplemente curvó un dedo, negándose a revelar nada.
Si se lo contaba ahora, la sorpresa perdería su magia.
Comieron mientras la delicada luz de las velas llenaba la habitación con un ligero aroma y las rosas hacían que las mejillas de Annabel se sonrojaran. Ella entreabrió los labios y dijo en voz baja: «Gracias por hoy, Rupert. Me has hecho feliz». Levantó su copa hacia él, con una leve risa en su voz.
Rupert levantó su copa y dio un sorbo. «Casémonos lo antes posible. Una vez que estemos casados, ya no tendrás que lidiar con problemas».
Annabel se sonrojó, conmovida por sus palabras. Pensó en todas las dificultades que habían soportado antes de encontrar el camino de vuelta el uno al otro. Casi parecía como si estuvieran destinados a acabar juntos.
«Come primero tu filete favorito», dijo Rupert, con la mirada fija y profunda en ella. La luz de las velas, el vino y la mujer que tenía delante le arrancaron una sonrisa poco habitual y seductora.
Annabel y Rupert levantaron sus copas y las hicieron chocar, riendo suavemente.
La cena romántica creó un ambiente dulce e íntimo.
Mientras Rupert contemplaba el rostro sonrosado de Annabel, su voz se volvió baja y magnética. «Levántate. Voy a mostrarte la sorpresa».
Se levantó, le tomó la mano y la condujo suavemente hacia fuera.
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Annabel estaba confundida. ¿La sorpresa estaba fuera? ¿Qué podía ser? Su curiosidad no hacía más que crecer.
—¿Qué hacemos aquí fuera tan tarde? ¿Adónde vamos? —preguntó Annabel mientras seguía a Rupert.
Sus dedos se entrelazaron mientras se cogían de la mano.
Rupert esbozó una sonrisa. Volviéndose hacia ella, le dijo con esa voz magnética suya: «Vamos a un lugar muy bonito. Seguro que te encantará».
«¿De verdad?», preguntó Annabel levantando una ceja, con la curiosidad despertada.
¿Por qué tenía que ser tan enigmático este hombre? Ahora estaba completamente intrigada.
Rupert la llevó al garaje. Como todo un caballero, le abrió la puerta del coche. «Sube, cariño».
Annabel parpadeó ante el término cariñoso. Que se dirigieran a ella de forma tan íntima la pilló desprevenida.
Puso una expresión molesta y lo miró con enfado. —No me llames así. ¿Cómo puedes ser tan descarado?
Rupert se inclinó hacia su oído y le susurró: —¿A quién más iba a llamar cariño sino a ti?
Su voz era profunda y suave, tan relajante como un violonchelo, y el tono burlón al final la hacía sonar aún más coqueta.
Annabel respiró hondo y rápidamente cambió de tema. —De todos modos, ¿adónde me llevas? Y arranca el coche, ¿quieres?
Rupert asintió y obedeció.
Desde el asiento del copiloto, Annabel observó cómo se deslizaba el paisaje nocturno. Se alejaban cada vez más del centro de la ciudad. La ruta le resultaba familiar, pero no conseguía ubicar el recuerdo.
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