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Capítulo 869:
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En aquel barrio, la mayoría de las villas tenían sótanos. Al final de un estrecho pasillo con una iluminación tenue, había un pequeño trastero cerrado, iluminado únicamente por una solitaria bombilla.
Atada con fuerza a una silla, Candice forcejeaba contra las ataduras que le rodeaban las muñecas y los tobillos. Tenía la boca sellada con cinta adhesiva y el miedo se reflejaba en sus ojos.
Frente a ella, Kyson estaba sentado sin mostrar ningún atisbo de urgencia. Sostenía un mechero en la mano y no dejaba de abrirlo y cerrarlo. Cada suave clic resonaba en la habitación, alargando el momento y poniendo a prueba sus nervios. Sin decir una palabra, dejó que la tensión se acumulara hasta que estuvo a punto de quebrarla.
Solo después de dejar que el silencio se prolongara, habló por fin, con voz baja. «Candice, sabes por qué estás aquí, ¿verdad?»
Lo único que pudo emitir fueron unos sonidos ahogados mientras negaba con la cabeza. En el fondo, tenía una sospecha. Lo que no podía aceptar era hasta dónde había llegado él solo por culpa de Kailey. Esto había cruzado una línea: era un secuestro.
«Ya sabes que no pierdo el tiempo. Te lo he advertido más de una vez, pero nunca me has hecho caso. Por eso te he traído aquí». Kyson acercó su silla hasta que la distancia entre ellos desapareció. Le presionó el mechero bajo la barbilla, obligándola a levantar la cabeza, y su voz se volvió aún más fría. «Empieza a hablar. ¿Qué le has dicho a Kailey esta noche?»
No hubo respuesta. El dolor aún persistía, pero ya no importaba: lo que la invadía ahora era puro miedo.
Tras mirarla a los ojos un instante, Kyson se echó hacia atrás y soltó una risita burlona. «Cuando estés lista, hazme un gesto con la cabeza».
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Las lágrimas le corrían por el rostro a medida que la realidad se imponía. Luchar contra él no cambiaría nada, y ella lo sabía. Mientras Kailey siguiera formando parte de su mundo, no quedaría piedad alguna para ella.
Lentamente, bajó la cabeza. Devin se acercó y le arrancó la cinta adhesiva de la boca.
De su boca escapó un grito ahogado y le lanzó una mirada llena de ira.
Él se limitó a reír. «Señorita Lawson, cuánto tiempo sin vernos».
Sin hacerle caso, Candice clavó la mirada en Kyson. Había algo confuso en su mirada, a caballo entre un afecto persistente y un profundo resentimiento. Cuando por fin habló, su voz sonó tensa. «¿Por qué no le preguntas qué me hizo?».
El moratón que Kailey le había dejado no se había desvanecido: rojo e hinchado, se extendía por toda su frente.
Kyson le echó un vistazo rápido y esbozó una leve sonrisa burlona. «No tienes tan mal aspecto. Y si Kailey te hizo algo, quizá deberías pensar primero en lo que tú le hiciste a ella».
Una risa aguda y hueca brotó de Candice. «¿Así es como te funciona a ti? ¿Todo lo que Kailey me haga se le perdona, pero en cuanto yo la toco, es un delito?».
Kyson no respondió. Su silencio lo decía todo.
Otra risa se le escapó, esta vez más inestable, con un tono que rozaba la desesperación.
Él la miró a los ojos con una frialdad imperturbable. «Ya sabes hasta dónde soy capaz de llegar por lo que es mío. Si tienes algo de sentido común, empezarás a hablar ahora mismo».
Para su sorpresa, ella no se resistió.
«Está bien».
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