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Capítulo 645:
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Se oyó una suave risa al otro lado de la línea. Tras una breve pausa, su tono se enfrió. «Fui yo quien lo trajo de vuelta. ¿No lo quieres en la empresa? ¿O es que no estás de acuerdo con mi decisión?».
Un leve temblor recorrió las pestañas de Kailey antes de que finalmente hablara por teléfono. «Ya sabes lo que pienso de Gregg. Si se queda aquí, vendrán problemas. No veo forma de evitarlo».
Una risa tranquila resonó al otro lado de la línea, carente de calidez. Warren preguntó: «¿Así que estás velando por mí?».
«Sí».
«Esa consideración significa más para mí de lo que te imaginas», dijo Warren, con su voz grave ralentizándose como si el peso de sus pensamientos la lastrara. Le siguió un suspiro bajo. «Si tu madre pudiera vernos ahora, estaría feliz de que nos lleváramos bien».
Los dedos de Kailey se curvaron a un lado de su cuerpo, tensándose brevemente. Se quedó en silencio.
«Ya es suficiente por esta noche. Duerme un poco. No te retendré más». Warren interpretó a la perfección el papel de padre cariñoso. «En cuanto termine aquí, volveré y me quedaré un tiempo. Pasaremos tiempo juntos. Piensa en lo que quieres. Te lo traeré todo».
«De acuerdo», respondió Kailey en voz baja.
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Cuando terminó la llamada, se quedó junto a la ventana y dejó que su mirada vagara sin fijarse en nada.
Tres años antes, habían sido Gregg y su gente quienes la sacaron del río. Sin avisar a nadie, se la había llevado al extranjero.
El primer rostro que vio al despertar fue el de Warren.
Había hablado con suavidad, con amabilidad en cada gesto, con un informe de paternidad en la mano mientras se presentaba como su padre. «A partir de ahora, nadie te hará daño. Si hay algo que quieras, haré que suceda. Cueste lo que cueste».
Lo que siguió fue una generosidad sin límites: los mejores equipos médicos que el dinero podía conseguir, un sinfín de regalos caros. Como un hombre desesperado por recuperar los años perdidos, lo ofrecía todo sin reservas.
Después de más de dos décadas viviendo sin él, Kailey no había sido capaz de aceptar ese papel de la noche a la mañana. Incluso ahora, tras tres años completos, nunca le había llamado «papá» ni una sola vez.
Warren no se molestó en ocultar la decepción en sus ojos, pero decidió no insistir en el tema.
«No pasa nada». Una sonrisa ensayada se dibujó en su rostro, suavizando la pesadez que había debajo. «Lo entiendo. Aún no estás preparada. Si algún día me perdonas de verdad, entonces podrás decidir cómo quieres dirigirte a mí».
Esa palabra —perdonar— tenía más peso del que debería.
Kailey no se sentía lo suficientemente cercana a él como para guardarle rencor, por lo que el perdón le parecía un concepto totalmente erróneo. Aparte de las cicatrices que le había dejado el incendio, su vida tras ser acogida por la familia Owen había sido estable y segura. Por mucho que lo mirara, Warren la había salvado.
Al final, Kailey empezó a llamarle «padre».
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