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Capítulo 918:
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Inclinándose hacia Elianna, le susurró en voz baja: «¡Qué raro! Por cómo se comportan esos dos, casi se diría que son amantes en lugar de primos».
Elianna se quedó con el rostro rígido y clavó sus agudos ojos en Bella y Jarvis.
No había visto nada extraño antes, pero ahora que Yelena le había metido esa idea en la cabeza, toda la escena le parecía… antinatural.
La mirada ansiosa de Jarvis, su actitud sobreprotectora, la forma en que todos sus movimientos giraban en torno a Bella… No era la tranquila preocupación de un primo, sino algo más profundo, algo inquietante.
Una tormenta se desató en los ojos de Elianna, sustituyendo la calidez que había sentido momentos antes.
—¡Basta, Bella! ¡Ya es suficiente! —ladró, con una voz que cortó el aire—. Creo que Dios ya conoce tu devoción.
Al oír esas palabras, Jarvis reaccionó al instante, dando un paso adelante y ayudando a Bella a ponerse en pie.
Pero las piernas de Bella, entumecidas por estar tanto tiempo arrodillada, se tambalearon y ella tropezó, cayendo directamente en los brazos de Jarvis.
Jarvis la sujetó instintivamente, con una oleada de emociones reflejadas en su rostro.
La mirada de Elianna se oscureció mientras observaba cada detalle de su interacción.
—¿Ni siquiera puedes mantenerte en pie sola? —espetó.
Bella se estremeció. Elianna rara vez le había hablado en un tono tan duro.
Al girar la cabeza, Bella vio los ojos penetrantes de la anciana, cuya agudeza no se había atenuado con la edad, ardiendo con desaprobación.
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Rápidamente, Bella se enderezó y murmuró: «Ten cuidado», mientras se alejaba del abrazo de Jarvis.
Pero Jarvis se resistía a soltarla. Antes de que pudiera protestar, la voz de Elianna cortó el aire como una espada. «¡Jarvis, ven aquí!».
No había lugar para la desobediencia. Con evidente renuencia, Jarvis se acercó. —Abuela, ¿qué pasa?
La mirada de Elianna se clavó en él. —Ten en cuenta las normas de cortesía. Bella es una mujer y tú eres un hombre.
—Pero…
—No hay peros —lo interrumpió ella, con un tono que no admitía réplica—. Sigamos adelante. Hoy estoy de buen humor.
Sin embargo, a pesar de sus palabras, la advertencia flotaba en el aire. Su buen humor era frágil, como un vaso en equilibrio sobre el borde de una mesa: podía romperse al menor empujón.
Jarvis no se atrevió a tentar a la suerte. Se recompuso y actuó con cautela.
Tras una breve vacilación, preguntó: —Abuela, tú quieres a Bella, ¿verdad?
Elianna soltó un resoplido frío y desdeñoso, negándose a responder.
La verdad era que a Elianna le gustaba Bella, pero solo como compañera, no como posible pareja para Jarvis.
Los orígenes de Bella eran un misterio, era una huérfana sin linaje conocido. Alguien así nunca podría ayudar a elevar el estatus o las perspectivas de futuro de Jarvis.
Elianna tenía grandes esperanzas puestas en Jarvis, sueños que iban mucho más allá de los lazos sentimentales. Casarse con Bella solo sería un obstáculo.
Además, Elianna había criado a Bella como a una nieta. La sola idea de que sus nietos acabaran juntos le parecía fundamentalmente incorrecta, casi antinatural.
A mitad de la montaña se encontraba la iglesia, su destino. Llegaron rápidamente.
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