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Capítulo 89:
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Antes de que Yelena pudiera responder, Bella intervino rápidamente con dulzura. «Mamá, dudo que Yelena haya tenido mucha experiencia en lugares como este. Será una gran oportunidad para que aprenda algo nuevo hoy».
Las palabras de Bella estaban impregnadas de una sutil presión, asegurándose de que Yelena no pudiera negarse sin parecer fuera de lugar. Era una oportunidad única y Bella no estaba dispuesta a dejarla pasar sin aprovecharla.
Yelena aceptó el reto con tranquila compostura, sonriendo con calma mientras asentía con la cabeza. «Claro, comamos aquí».
El grupo entró en el lujoso restaurante. Bella y Bernice se deleitaron con el ambiente refinado, elegante, sereno y perfectamente adecuado para su estilo de vida social. El restaurante que habían elegido era el más exclusivo de Eighfast, conocido no solo por su cocina impecable, sino también por su exquisita decoración. Un piano de cola presidía el centro, proyectando un aura sofisticada por toda la sala.
Los ingredientes eran frescos, traídos esa misma mañana, lo que prometía una experiencia gastronómica maravillosa.
Una vez sentadas, un camarero se acercó con elegancia.
«Buenas tardes, señoras. ¿Les sirvo?», preguntó, presentando la carta con aire refinado.
Bella y Bernice hicieron rápidamente su pedido, saboreando cada momento de su capricho.
«Cinco filetes, tres al punto y dos muy hechos. También tomaremos sopa de cebolla francesa, pechuga de pato asada, caracoles, crème brûlée y una ensalada».
«Claro. ¿Y para beber?», preguntó el camarero, con un tono respetuoso y atento.
«Solo agua con miel y limón», respondió Bella, mirando a Yelena, ansiosa por detectar algún indicio de incomodidad.
«Muy bien, un momento, por favor», dijo el camarero antes de retirarse con elegancia.
Bella se volvió hacia Yelena con un tono de voz que denotaba un dulce desafío. «Te encantará la comida de aquí, Yelena. ¡Todo está buenísimo!».
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Cuando empezaron a servir los platos, Bella y Bernice se recostaron en sus sillas, con la mirada fija en Yelena, esperando un desliz, un error que nunca llegó.
La escena que se desarrolló ante ellas las dejó sin palabras.
Yelena se sentó a la mesa con aplomo, el cuchillo en la mano derecha y el tenedor en la izquierda, y cortó con elegancia el filete de su plato. Cada movimiento era deliberado, pero sin esfuerzo, y saboreaba cada bocado con tranquila apreciación.
Su elegancia parecía innata, como si hubiera pasado toda su vida en lugares como aquel. Pero eso llamó la atención de algunas personas.
¿No era Yelena de una familia que había hecho fortuna recientemente?
¿Y no se rumoreaba que sus padres adoptivos la trataban mal?
Entonces, ¿cómo había llegado a dominar tan bien los modales en la mesa?
Bella y Bernice intercambiaron miradas de decepción. Se suponía que iba a ser un espectáculo, pero en cambio estaba resultando una clase magistral de elegancia.
En cuanto a Yelena, era felizmente ajena a la decepción de las demás. Estaba absorta en el momento, totalmente inmersa en la comida, saboreando cada bocado sin preocuparse por nada. Las demás se lanzaron rápidamente a comer, ansiosas por disfrutar de la comida mientras aún estaba caliente.
De repente, un hombre vestido con un impecable uniforme de chef se acercó apresuradamente a su mesa, con un aire de urgencia y alegría.
No era otro que Monroe Garnier, el chef francés con estrella Michelin. Con una serie de prestigiosos premios culinarios en su haber, era una figura destacada en el mundo de la alta cocina.
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