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Capítulo 73:
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Después de que la policía documentara el incidente, Sebastián, presionado por el tiempo, consultó a Callum y decidió continuar con el coche abollado en la parte delantera.
Cuando se acercó a la casa de los Roberts, la lluvia había cesado y el cielo se había despejado.
Sebastián aparcó delante de la modesta residencia y salió con los regalos en la mano. Recuperando la compostura, se acercó a la puerta y llamó al timbre.
La familia Roberts oyó el timbre y salió, con expresiones de confusión en sus rostros al ver lo que tenían ante ellos.
¿Quién era ese hombre? ¿Por qué estaba en la puerta?
Tatiana frunció profundamente el ceño y dijo con voz aguda y despectiva: «¡Mendigo! ¡Fuera de aquí! No damos limosna».
Sebastián parpadeó, momentáneamente sorprendido por su reacción. ¿Era esa la señora Roberts?
¿Por qué pensaba que era un mendigo?
Una rápida mirada a su reflejo empapado por la lluvia en la ventana del coche le hizo darse cuenta de por qué podría haberlo confundido. Su aspecto desaliñado no inspiraba precisamente profesionalidad.
Aclarando la garganta, Sebastián se enderezó y dio un paso adelante con una sonrisa cortés. —Sra. Roberts, le pido disculpas por mi aspecto. Me llamo Sebastián Holden y estoy aquí en nombre del Sr. Harris para expresarle su gratitud por haber criado a su hija.
—Todos estos años. Estos regalos son una muestra de nuestro agradecimiento. Espero que tenga la amabilidad de aceptarlos.
Por desgracia, el morro abollado del coche y el aspecto empapado del pobre mayordomo no ayudaban a reforzar sus palabras.
La familia Roberts intercambió miradas escépticas.
Sus ojos se movían rápidamente entre el coche, cuya marca era ahora irreconocible, y Sebastian, que no parecía nada convincente. Sus expresiones se endurecieron con un desdén apenas disimulado.
Limpiado
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Tatiana frunció la nariz y su voz rezumaba desdén. —Apártese, por favor. Sinceramente, ¿cuánto tiempo hace que no se ducha? El hedor es insoportable, incluso desde aquí. —Se tapó la boca de forma teatral, como si el aire que la rodeaba estuviera contaminado.
Sebastián se quedó paralizado, con una expresión indescifrable. Sus palabras no eran solo un insulto, sino que contenían un veneno que le hizo preguntarse: ¿por qué tanta dureza?
¿Era esta la familia con la que había crecido Yelena?
Jonathan dio un paso adelante y sus agudos ojos se fijaron en la pila de objetos que Sebastián estaba sacando del maletero. Bolsas negras, cajas de cartón desgastadas, cuyo contenido no parecía precisamente elegante. Sus labios se curvaron en una leve mueca de desprecio.
—No te molestes en descargar —dijo Jonathan con frialdad—. La familia Roberts no necesita limosnas. Y dile a Yelena que ya no tiene nada que hacer aquí. Que se quede en ese pueblo al que pertenece. No la queremos ver en Eighfast ni cerca de nosotros.
La firmeza de las palabras de Jonathan quedó flotando en el aire. —Ya no tiene nada que ver con nosotros. ¿Me oyes?
Sebastián, en medio del movimiento, se detuvo y frunció el ceño.
Esas palabras resonaron en su mente.
¿Era así como la veían los padres adoptivos de Yelena?
Su desdén por ella se desprendía de cada palabra, de cada gesto.
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