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Capítulo 685:
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En ese momento, se oyeron voces a través del walkie-talkie preguntando dónde estaban los demás.
Bernice miró a Yelena, nerviosa. «¿Qué hacemos?».
La voz de Yelena era tranquila. «Ahora es una carrera contra el tiempo. El más rápido tendrá ventaja».
Bernice asintió, sintiendo una mezcla de emoción y ansiedad.
Sin que Yelena lo supiera, una cámara la enfocaba desde la distancia. «¡Qué tonta! Pensaba que era lista, pero ha caído directamente en la trampa». Mónica miró la pantalla de su teléfono con una sonrisa burlona en el rostro. «Yelena, hoy es el día en que morirás».
Yelena, en plena forma, llevaba un rato escalando sin sudar ni una gota.
Bernice, sin embargo, estaba luchando, jadeando pesadamente. «Yelena, ¿puedes ir más despacio? Estoy agotada».
Yelena miró a Bernice y respondió con frialdad: «Si estás cansada, camina más despacio. Yo seguiré adelante».
Bernice se preguntó si Yelena planeaba dejarla atrás. Sintió una punzada de miedo, no quería enfrentarse sola a algo tan aterrador otra vez.
Bernice estaba agotada, le temblaban las piernas con cada paso, pero apretó los dientes y se obligó a seguir el ritmo de Yelena.
Yelena avanzaba con pasos ligeros y seguros, sin apenas mirar a Bernice. Cuando llegó a una pequeña cabaña encaramada precariamente en la cima de la montaña, se detuvo y se volvió, con una sonrisa enigmática en los labios.
La cabaña era una ruina, con las paredes inclinadas peligrosamente, como si la más mínima ráfaga de viento pudiera derribarla.
Bernice, siempre impulsiva, apenas se fijó en el estado de la cabaña. Avanzó, decidida a echar un vistazo más de cerca, pero Yelena le bloqueó el paso.
Bernice frunció el ceño, con expresión de confusión. —¿Qué? ¿Por qué me detienes? No hay nadie aquí. ¿No puedo al menos echar un vistazo?
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Yelena soltó un suspiro exasperado, con expresión de incredulidad, como si Bernice hubiera perdido completamente la cabeza. Incluso Aus, el gato encaramado en el hombro de Yelena, miró a Bernice con puro desdén, entrecerrando los ojos como si juzgara en silencio su imprudencia.
La irritación de Bernice se intensificó mientras miraba a Yelena y al gato. Ambos tenían una forma de sacarla de quicio.
Sin embargo, algo en el comportamiento de Yelena la hizo detenerse. La intensa calma de sus ojos no era algo que Bernice pudiera ignorar fácilmente. De repente, la idea de entrar en la destartalada cabaña le pareció mucho menos atractiva.
Dudó, mirando entre la cabaña y el espacio abierto que las rodeaba. Al final, sus nervios pudieron más que ella y se quedó donde estaba. Yelena, al darse cuenta de su decisión, bajó a Aus de su hombro y se lo entregó a Bernice.
—Toma —dijo Yelena, con un tono indescifrable—. Si pasa algo, él te ayudará.
Bernice miró a Aus, que seguía acurrucado a regañadientes en sus manos, y frunció el ceño. Volvió la mirada hacia Yelena, buscando confirmación de que aquella situación absurda —quedarse sola con un gato insufrible— era seria.
Aus respondió a la mueca de Bernice con una mirada de puro desdén.
El sentimiento era mutuo. Bernice y el gato claramente no se soportaban, pero con Yelena desapareciendo sola en la precaria cabaña, no tenían más remedio que quedarse juntos, esperando ansiosamente su regreso.
Mientras la solitaria figura de Yelena desaparecía en la puerta en penumbra, la culpa y la preocupación carcomían a Bernice.
Mientras tanto, en otro lugar, Monica estaba sentada frente a una pantalla, con los ojos fijos en la transmisión que mostraba a Yelena. Una sonrisa astuta y triunfante se dibujó en sus labios. «Yelena, no volverás a salir de ahí».
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