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Capítulo 53:
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Los ojos de Elianna se clavaron en Yelena, llenos de sospecha y sarcasmo.
La hostilidad que irradiaba la anciana no pasó desapercibida para Yelena. Las raíces de la animadversión de Elianna eran profundas. Años atrás, cuando Donna estaba embarazada de Yelena, la familia Harris había sido azotada por una serie de desgracias: problemas empresariales, batallas legales y escándalos sociales. Era una época de caos y desesperación. En busca de consuelo, la familia hizo un viaje al campo, donde sus antepasados descansaban en paz, pero Donna dio a luz prematuramente. En medio de la confusión, la recién nacida Yelena fue secuestrada en circunstancias misteriosas.
La pérdida devastó a Donna, pero la familia, desesperada por protegerla de más dolor, adoptó a Bella en su lugar. Curiosamente, tras la llegada de Bella, la suerte comenzó a cambiar para la familia Harris. Su suerte pareció cambiar de la noche a la mañana: los negocios prosperaron, su reputación se recuperó y la prosperidad les siguió. Elianna, siempre pragmática y supersticiosa, se convenció de que Bella era el amuleto de la familia. A lo largo de los años, volcó todo su afecto en Bella, apreciándola como la portadora de la fortuna.
Desde la llegada de Bella, todo había encajado a la perfección. Su fortuna se había disparado, lo que había impulsado a la familia Harris a convertirse en la más rica de Eighfast. Por otro lado, Elianna siempre había considerado a Yelena como una portadora de mala suerte. Elianna creía que cuando Yelena desapareció, la desgracia de la familia se había ido con ella.
Pero ahora que Yelena había regresado, Elianna no podía quitarse de la cabeza la inquietante sensación de que su regreso volvería a sembrar el caos en la familia.
Elianna se había opuesto firmemente a la idea de que Yelena regresara. Sin embargo, tras recibir varios mensajes de Callum instándola a asistir a una reunión familiar, se sintió acorralada y decidió volver a regañadientes.
La mirada penetrante de Elianna recorrió a Yelena, escrutando cada detalle.
La chica era alta y esbelta, con una piel impecable, casi luminosa, pero eran sus ojos, profundos y oscuros, aparentemente infinitos, los que hicieron que Elianna se detuviera. Había algo en ellos, una intensidad que resultaba inquietante. La expresión de Elianna se endureció con desdén, frunciendo los labios como si hubiera probado algo amargo.
Donna, intuyendo la tormenta que se avecinaba, se apresuró a tranquilizar a su suegra. —No hay ningún error, de verdad. Una prueba de ADN lo confirmará todo.
—¡Tonterías! —ladró Elianna con voz aguda y autoritaria—. Con pruebas o sin ellas, te arrepentirás si resulta ser un engaño. Eres demasiado confiada, Donna, y eso nos pasará factura. Al notar la tensión que se estaba creando, Bella intervino rápidamente con voz dulce y tranquilizadora. —Abuela, no te preocupes. El regreso de Yelena es algo positivo. Ahora nuestra familia por fin puede volver a estar completa.
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Elianna acarició la mano de Bella con una sonrisa que irradiaba calidez. —Siempre serás mi niña querida —dijo con un tono tan suave como una nana.
—Abuela, debes de estar agotada después del viaje. ¿Qué tal si te doy un buen masaje en los hombros? —ofreció Bella con dulzura, arremangándose ya.
Sin esperar respuesta, Bella comenzó a amasar los hombros de Elianna con delicadeza.
El rostro de Elianna se iluminó con satisfacción: siempre había tenido debilidad por Bella.
A un lado, la expresión de Donna se tornó vacilante. Las palabras de Elianna eran un trago amargo, más doloroso de lo que dejaba entrever. Sus ojos se posaron en Yelena, la hija que había perdido hacía tanto tiempo y por la que había movido cielo y tierra para encontrar.
Estudió el rostro de Yelena, buscando señales de dolor, pero solo encontró una indiferencia tranquila. Donna sintió un gran alivio al no ver ningún rastro de dolor.
Yelena, sin embargo, esbozaba una leve sonrisa irónica. La escena que se desarrollaba ante ella era tan absurda que casi daba risa.
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