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Capítulo 355:
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Siempre había dado por sentado que Yelena no tenía ni idea de diseño, que era un lastre que se podía explotar.
¿Pero ahora?
Ahora, la experiencia de Yelena como diseñadora para Moda Style demostraba que era una amenaza inminente.
Si su padre se enteraba del talento de Yelena, su admiración por ella no haría más que crecer. Bella había pasado años construyendo su posición en la familia, pero el ascenso de Yelena podía derrumbarlo todo.
Una sensación de desesperación le oprimía el pecho.
¡Maldita sea! ¿Cómo había llegado a esto?
La frustración de Bella ardía como un cable pelado. Apretó los puños, mezclando su ira con una necesidad abrumadora de recuperar el control.
No podía permitir que Yelena la eclipsara. No lo haría. De repente, una idea se le ocurrió, una idea tan obvia que no podía creer que se le hubiera pasado por alto.
—Señorita Harris, ¿se ha decidido ya? Todos estos son de nuestra nueva colección —dijo la dependienta, devolviendo a Bella al presente.
Bella se recompuso rápidamente y esbozó una sonrisa radiante. —Sí, son preciosos. Me llevaré esta blusa —dijo, cogiendo una prenda blanca impecable.
La dependienta sonrió y llevó la blusa a la caja, envolviéndola con cuidado y cobrándosela a Bella.
Como era una clienta habitual, ya conocían bien sus preferencias y su talla, por lo que la transacción fue muy rápida. Unos instantes después, Bella pagó y salió de la tienda, con la bolsa en la mano como un mero accesorio para sus planes.
Al salir del bullicioso centro comercial, con la atención ya puesta en su siguiente movimiento, una sombra bloqueó de repente su camino. Sobresaltada, levantó la vista y se encontró con una figura familiar.
—Vaya, vaya, querida hija. Sabía que era solo cuestión de tiempo que aparecieras por aquí.
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Bella se detuvo en seco, apretando con fuerza la bolsa de la compra que llevaba en la mano. Era él. El hombre que la había interceptado hacía poco.
Buscando a su hija
La mirada del hombre se posó en Bella, fijándose en su aspecto pulcro. Su ropa cara, su comportamiento elegante y su aire seguro apuntaban a una sola conclusión: había sido acogida por una familia rica.
Llevaba días vigilando ese centro comercial. Era un lugar frecuentado por mujeres jóvenes adineradas y ya la había visto allí antes.
Merodeando cerca de la entrada con la paciencia que solo nace de la desesperación, finalmente la había vuelto a ver. Ahora, cara a cara, lo veía claramente: no tenía ninguna duda.
Harold Miller, ahora sin trabajo y sobreviviendo con lo poco que le quedaba después de jugar y beber, sintió un extraño destello de fortuna.
Hoy no era solo un hombre en desgracia. Era un padre que había redescubierto a su hija.
Cuanto más observaba a Bella, más se reforzaba su certeza. Esa chica era su hija.
No necesitaba pruebas; lo sentía en lo más profundo de su ser. El tiempo la había cambiado, había crecido mucho, pero para Harold era inconfundible.
—¿Quién eres? ¿De qué estás hablando? —espetó Bella, con tono brusco y desdeñoso—. No soy tu hija. Te has equivocado de persona. —Se quedó paralizada, entrecerrando los ojos e instintivamente dio un paso atrás.
Lo miró con frialdad, curvando los labios con desdén. Lo recordaba de la última vez: un hombre desaliñado que la había detenido en el mismo lugar, diciendo las mismas tonterías.
¿Era algún plan elaborado para estafarle dinero?
Lo estudió brevemente: desaliñado, con aspecto desesperado. ¿De verdad creía que ella, precisamente ella, podía ser su hija?
¡Era absurdo!
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