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Capítulo 332:
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El viejo zorro no era fácil de engañar.
«Bueno, qué alivio», dijo Yelena, imaginándose ya la reacción de Leonel cuando Austin hiciera su jugada. Leonel se quedaría sin duda desconcertado.
Austin no era de los que dejaban las cosas pasar, especialmente cuando se trataba de Leonel. Planeaba golpear fuerte y asegurarse de que no quedara margen para represalias una vez que Leonel creyera que había ganado.
—Oye, Yelena —dijo Austin, con tono cálido y sincero—. El próximo fin de semana es la celebración del 50.º aniversario del Grupo Barton. ¿Me harías el honor de ser mi acompañante?
Yelena se quedó paralizada al oír sus palabras. —¿Yo? —preguntó, señalándose a sí misma, con incredulidad pintada en el rostro.
Austin se rió entre dientes, con los ojos brillantes de diversión. —Sí, tú. ¿Por qué te sorprendes tanto? No me digas que no quieres ir —dijo, aunque un sutil tono de decepción se coló en su voz.
—No es eso —respondió Yelena, inquieta—. Es solo que… no suelo ir a este tipo de eventos. No soy muy de galas.
Su vacilación era evidente. Ella y Austin eran amigos, buenos amigos, pero esto era diferente.
La celebración del Grupo Barton no era una fiesta cualquiera, sino un espectáculo deslumbrante en el que la élite de la ciudad se mezclaba, se juzgaba y se pavoneaba. Ya podía sentir el peso de sus miradas, sus susurros. ¿Y si decía o hacía algo inapropiado y avergonzaba a Austin?
Los eventos sociales como este siempre habían sido sus menos favoritos. Yelena despreciaba las máscaras que llevaba la gente, las risas falsas y la interminable sucesión de cumplidos que sonaban huecos.
Estas reuniones le parecían una obra de teatro elaborada, y no tenía ningún interés en actuar en ella.
Aun así, la invitación de Austin seguía rondando en el aire, negándose a ser ignorada.
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No era una invitación cualquiera, venía de Austin, el chico dorado de Kheley.
Sin embargo, su sola presencia bastaba para dominar una sala y, con él, ella sin duda compartiría el protagonismo, algo que Yelena evitaría con mucho gusto si pudiera.
Austin pareció notar su renuencia. Su expresión se suavizó mientras se inclinaba ligeramente hacia ella. —Oye, no te presiono, ¿de acuerdo? No tengo pareja y te lo he pedido porque quiero que vengas, Yelena. No quiero a nadie más. Solo a ti.
Sus palabras, sencillas y sinceras, atravesaron su incertidumbre.
—Está bien, envíame la hora y el lugar —dijo Yelena, aceptando finalmente con un encogimiento de hombros.
Se dijo a sí misma que no era gran cosa, solo hacerle un favor a Austin.
—Perfecto. Yo me encargo de todo —respondió Austin con una sonrisa de satisfacción. Sabía que Yelena tenía un punto débil y que su naturaleza bondadosa le hacía difícil negarse. Consciente de la incomodidad de quedarse sola en la habitación con él, Yelena entabló una pequeña charla antes de excusarse. Austin no la detuvo.
Al fin y al cabo, seguían en un hospital y no era conveniente que ella se quedara mucho tiempo.
Además, había otra razón para su cautela: la gente de Leonel podría seguir acechando en las sombras, vigilando.
Austin se recostó en la silla, esbozando una sonrisa calculadora. El siguiente acto de este juego estaba a punto de comenzar.
Domenic acababa de informarle de que Leonel ya estaba moviendo ficha de forma agresiva, reuniendo a altos ejecutivos para su candidatura a la presidencia.
La audacia de Leonel divirtió a Austin.
Su impaciencia solo facilitaría descubrir quiénes eran los verdaderos leales dentro de la empresa y quiénes eran oportunistas.
Mientras tanto, Yelena salió del hospital y miró su reloj.
Era más tarde de lo que pensaba y tenía que llegar a casa antes de que su madre empezara a preocuparse.
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