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Capítulo 234:
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Que así fuera. Si querían su atención, ahora la tenían.
La voz de Yelena rompió el silencio cargado, tranquila pero con un tono que exigía atención. «¿Por qué me miráis todos? He ido a limpiar una mancha de mi vestido, no a buscar el anillo de nadie».
La acusación flotaba en el aire. Yelena no necesitaba decirlo abiertamente: la trampa que le habían tendido era demasiado obvia.
Desde el derrame torpemente escenificado hasta la oportuna puesta en escena, cada detalle había sido orquestado con precisión. Era casi ridículo lo lejos que habían llegado.
Pero en lugar de ira, Yelena solo sentía una divertida fatiga. No podía evitar maravillarse ante lo absurdo de su habilidad para atraer el caos.
Sin embargo, lo que realmente la desconcertaba era que Monica, alguien a quien acababa de conocer, se hubiera tomado tantas molestias para tenderle una trampa. Su aguda memoria le aseguraba que nunca se habían cruzado antes, así que ¿por qué tanta hostilidad?
¿Y el anillo? Una baratija llamativa, sin duda cara, pero ¿quién en su sano juicio lo dejaría convenientemente desatendido en el lavabo?
El complot estaba tan mal concebido que casi le hizo reír. Casi.
Yelena mantuvo la compostura, intrigada por hasta dónde llegaría este circo.
La camarera, ahora visiblemente asustada, balbuceó: «¡Lo juro, la vi meter el anillo en su bolso!».
Antes de que Yelena pudiera decir nada, Bella intervino con voz melosa y venenosa.
«Oh, Yelena, si has cogido el anillo, devuélvelo. No hace falta montar un escándalo. En serio, tenemos muchos anillos en casa. Si quieres, puedes elegir uno de mi joyero».
La generosidad fingida era casi insultante. La indiferencia de Yelena hacia las cosas materiales siempre había desconcertado a Bella.
Una vez, Cayson le había regalado un collar de diamantes rosas tan raro que podría financiar una pequeña isla, pero Yelena lo había tratado con el mismo entusiasmo que se le podría dedicar a un cupón de descuento.
Esa misma indiferencia era lo que Bella pretendía ahora explotar.
Si el anillo aparecía de alguna manera en poder de Yelena, sería más que un escándalo: sería un suicidio social. Ya podía imaginar a Yelena tachada de ladrona, con su reputación por los suelos, expulsada de la familia Harris.
Solo pensarlo emocionaba a Bella.
Su posición como centro de admiración y autoridad quedaría finalmente asegurada.
A su alrededor, los susurros se hicieron más fuertes.
Ojos llenos de juicios mal disimulados se clavaron en Yelena. Ella reprimió un suspiro, cansada del drama sin sentido de la alta sociedad que tenía que soportar.
Sonya, intuyendo una oportunidad, salió de las sombras con una sonrisa burlona.
—Yelena, siempre has sido así, quitándole a los demás lo que no es suyo. Sinceramente, ¿no te da vergüenza?
La fría mirada de Yelena se clavó en Sonya, y su voz cortó la tensión como una navaja.
—¿Vergüenza? Mi dignidad está intacta, gracias. ¿Puedes decir lo mismo? Irrumpir en la habitación de alguien, robarle las partituras y hacerlas pasar por tuyas… Eso, Sonya, es desvergonzado. ¿No estás de acuerdo?
El color desapareció del rostro de Sonya y su compostura se resquebrajó.
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