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Capítulo 153:
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Era inusual, ya que Yelena nunca había recibido nada por correo, al menos que Bella supiera. Por lo general, Bella era la que se daba caprichos comprando cosas. Yelena, por el contrario, rara vez mostraba interés en ese tipo de cosas, lo que despertó aún más la curiosidad de Bella al ver el paquete dirigido a su hermana. ¿Qué podría ser?
Los ojos de Bella se posaron en la larga caja de cartón, incapaz de discernir su contenido. Intrigada, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la observaba. No había moros en la costa. Con calculada indiferencia, Bella añadió el paquete a su propia pila y lo llevó arriba, a su habitación. Si le preguntaban, podría decir fácilmente que era un error, sin pasar nada.
Una vez dentro de su habitación, Bella no perdió tiempo. Preocupada por que Yelena pudiera volver pronto, dejó a un lado sus paquetes y se centró en el misterioso paquete. Con cuidado deliberado, lo abrió, con la curiosidad en aumento.
Dentro, descubrió una caja de regalo azul marino, envuelta con una elegancia discreta. Bella contuvo el aliento. Dudó un momento antes de levantar la tapa, que reveló un pergamino en su interior. Era inusual, por decir lo menos. Un pergamino era una elección poco convencional, lejos de los regalos habituales que uno podría esperar.
Incapaz de resistirse, Bella lo desenrolló con cuidado, revelando una impresionante pieza de caligrafía. Los trazos eran audaces pero elegantes, simbolizando la buena suerte y la prosperidad. En la parte inferior, había un solo nombre firmado: Oaklyn.
Bella se quedó paralizada. Aunque no era una experta en arte, reconoció el nombre. Oaklyn era una figura envuelta en misterio, un calígrafo cuyas obras eran legendarias y extremadamente raras. Nadie conocía la identidad de Oaklyn, ni si era hombre o mujer, joven o viejo. Lo que era seguro, sin embargo, era el asombroso valor de su arte.
Poseer una obra de Oaklyn era como tener un tesoro invaluable, un símbolo de estatus del que pocos podían presumir. La mente de Bella se llenó de posibilidades mientras estudiaba el pergamino. Era una obra maestra y, aunque no podía confirmar su autenticidad, todo en el embalaje indicaba que era auténtica.
Una rápida búsqueda en Internet no hizo más que aumentar su curiosidad: Oaklyn había creado una obra así, celebrada como un prestigioso y detallado regalo de cumpleaños. ¿Podría ser que Yelena lo hubiera comprado para regalárselo a alguien? La idea provocó una oleada de envidia en Bella. Independientemente de su propósito, no estaba dispuesta a dejar que Yelena se lo quedara tan fácilmente. Había sido muy meticulosa al abrir el paquete, asegurándose de que la caja quedara impecable.
Después de sacar el pergamino, Bella colocó inicialmente un trozo de papel dentro para imitar su peso. Pero mientras miraba la elegante caja vacía, una nueva idea tomó forma, alimentada por la frustración que sentía cada vez que Yelena la eclipsaba. Una oleada de rebeldía la invadió.
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Cogió una hoja de papel en blanco y garabateó una sola palabra venenosa. La visión de la palabra le produjo una inquietante satisfacción. Tanto si Yelena tenía pensado regalar el pergamino como si no, el mensaje sería un giro siniestro. Si era para un cumpleaños, la reacción del destinatario arruinaría sin duda la reputación de Yelena. Bella ya podía imaginar el caos y la desgracia, y eso la llenó de alegría.
Satisfecha con su obra, Bella enrolló el papel y lo colocó con cuidado en la caja. La volvió a cerrar con precisión, asegurándose de que pareciera intacta, y luego devolvió el paquete a su lugar original como si nada hubiera pasado. Satisfecha, Bella miró la caja por última vez antes de salir silenciosamente de la habitación, con una sonrisa astuta en los labios. Era como si su intrusión nunca hubiera ocurrido.
Cuando Yelena llegó a casa, comprobó rápidamente el estado del pedido. Aparecía como entregado, probablemente por uno de los sirvientes, pero nadie se lo había comunicado directamente. Sin perder tiempo, empezó a buscar el paquete.
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