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Capítulo 1432:
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La visión de Zoey encorvada diligentemente sobre sus deberes escolares había encendido su ira. «¿Qué sentido tiene todo este estudio?», había gritado, golpeando la pared con el puño.
«¡Deberías estar ganando dinero para mantenerme!». «No», susurró ella, reuniendo un valor poco habitual en ella. «Quiero ir al colegio». Tal rebeldía era inaudita en Zoey, pero aquel día tenía un significado especial. Recién llegada de proclamarse ganadora de la competición de matemáticas, las palabras de su profesora resonaban en su mente: predicciones de admisión en prestigiosas escuelas, culminando en la asistencia a la universidad, y la promesa de una vida más allá de la sombra de Kalel. Por una vez, la llama de la ambición ardió con más fuerza que su miedo, haciendo que la perspectiva de abandonar los estudios le resultara totalmente intolerable. Kalel, incapaz de comprender sus motivos, interpretó su resistencia como una rebelión. Con una rapidez alarmante, cogió un cuchillo de la encimera de la cocina y lo blandió hacia ella con la hoja brillando amenazadoramente.
«¡Pequeña mocosa desagradecida!», gruñó. «Igual que tu madre, que no valía nada, siempre desafiándome, siempre haciéndome enfermar».
El terror primitivo clavó a Zoey en el sitio, sus instintos de supervivencia sofocados por un pánico abrumador.
La providencia intervino cuando la embriaguez de Kalel lo traicionó; sus piernas cedieron bajo su peso y cayó al suelo. El instinto finalmente se impuso al parálisis y Zoey corrió hacia la puerta, tragando aire empapado por la lluvia mientras huía bajo el aguacero.
La huida de Zoey alimentó la rabia de Kalel hasta alcanzar proporciones volcánicas. Levantándose tambaleante, levantó el cuchillo hacia el cielo y rugió en la noche: «¡Te mataré, pequeña mocosa desagradecida!
Los vecinos solo suspiraron y subieron el volumen de la televisión: los violentos arrebatos de Kalel se habían convertido en ruido de fondo en sus vidas. Desde que su mujer se marchó con su amante, su descenso al alcoholismo y la ira se había convertido en algo habitual en el barrio.
Para ellos, esto parecía solo otro episodio más de una reposición interminable: no tenían ni idea de que hoy el guion iba a cambiar.
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La lluvia caía a cántaros y el viento aullaba en sus oídos. Zoey corrió tan rápido como le permitieron sus piernas, con la lluvia azotándole la piel como pequeñas agujas.
Sus ojos luchaban por mantenerse abiertos. En cuestión de segundos, sintió como si todo su cuerpo se hubiera convertido en piedra, insoportablemente pesado, y cada paso era más imposible que el anterior.
La noche era completamente oscura, como si el cielo reflejara un mar agitado y azotado por la tormenta.
De la nada, una figura comenzó a levantarse, lenta y siniestra.
Asustada, tropezó hacia atrás y cayó con fuerza en un charco poco profundo. El sonido de su caída, débil contra el fuerte aguacero, atrajo la atención de la figura con una precisión inquietante.
Como un fantasma que emerge de las sombras, la persona se materializó justo delante de Zoey.
Sus ojos se abrieron de par en par con horror, su rostro paralizado por el miedo. —¿Lo has visto?
Una voz, pequeña, infantil, cortó el aire, teñida de un frío antinatural que hizo que a Zoey se le helara la sangre.
Zoey tragó saliva, con la garganta contraída, luchando por articular palabra. Los labios de Yelena se curvaron en una sonrisa helada, demasiado fría para alguien de su edad.
—No, yo… no he visto nada —Zoey negó rápidamente con la cabeza, fingiendo no entender.
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