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Capítulo 1205:
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Se convenció a sí mismo de que Austin solo lo había pillado desprevenido antes y que esta vez las cosas no acabarían igual.
Sin embargo, justo cuando se acercaba a Austin, antes de que pudiera siquiera hacer un movimiento, un dolor agudo y punzante le atravesó el abdomen, como si le hubieran aplastado los órganos internos.
Austin le había propinado una patada demoledora.
Antes de que pudiera siquiera procesar lo que había pasado, el hombre calvo salió volando por los aires. Un segundo después, se estrelló contra el suelo con un fuerte golpe, tras lo cual todo se volvió negro.
Yelena se deshizo de los dos restantes con facilidad, sin apenas sudar.
Austin le tomó la mano y bajó la mirada hacia sus nudillos, que estaban ligeramente enrojecidos por el impacto.
Su expresión se ensombreció al mirar a los matones inconscientes que yacían en el suelo, con un destello asesino en los ojos.
Yelena se apresuró a detenerlo. —Espera. Todavía tenemos que averiguar quién los envió.
Austin asintió con la cabeza, decidiendo dejarles vivir por el momento.
Luego se volvió hacia Yelena, su expresión suavizándose en un instante, como si el hombre despiadado de hacía unos momentos nunca hubiera existido. —Dejemos eso a John.
Yelena asintió levemente. —De acuerdo.
Austin la llevó lejos y pronto divisó la autocaravana aparcada cerca.
Se le ocurrió una idea y se volvió hacia él con una ceja levantada. —Entonces… ¿no has podido entrar porque traías esto?
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Austin le revolvió el pelo, con los ojos llenos de diversión. —Eres muy lista.
Yelena se quedó sin palabras por un momento. No era precisamente un misterio por resolver. —¿Adónde me llevas? —preguntó, sonriendo.
Austin hizo un gesto casual con la mano y, con un suave clic, la puerta de la autocaravana se abrió para Yelena.
De pie junto a la puerta, hizo una reverencia teatral, exudando el encanto de un noble salido de un cuento de hadas. —Mi princesa, por favor.
Yelena soltó una risita ante sus payasadas. —Ya basta.
—Está bien, entra. —Él también se rió.
Ella entró, con Austin justo detrás de ella, cerrando la puerta con llave al seguirla.
Ahora estaban solos en el espacio cerrado.
Los ojos de Yelena recorrieron el interior de la autocaravana, fijándose en su sorprendente y acogedora distribución. Era como una pequeña y acogedora casa sobre ruedas, con un sofá mullido, una cama bien hecha, una cocina compacta e incluso un pequeño cuarto de baño.
¡Tenía todo lo que podía necesitar!
Espera…
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