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Capítulo 1094:
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Cayó la noche, envolviendo el mundo en un manto de color índigo intenso, mientras el tenue resplandor amarillo de las farolas bañaba el camino vacío con una bruma inquietante, tiñendo todo con un misterio inquietante.
Bajo la luz parpadeante de una vieja farola, Yelena y Annie permanecían en tenso silencio, con sus alargadas sombras estirándose a través del pavimento agrietado, distorsionadas y casi espectrales.
La mirada de Yelena era afilada como una navaja, sus ojos brillaban como un halcón que se abalanza sobre su presa. Se movió hacia Annie con silenciosa precisión, cada paso ligero y calculado, como un depredador que se acerca a su presa.
El aire parecía congelarse a su alrededor, el peso de la tensión tácita presionaba por todos lados.
Entonces, como un rayo repentino, la mano de Yelena se metió en el bolsillo de Annie y sus dedos se cerraron alrededor del teléfono que escondía tantos secretos. Annie contuvo el aliento. Su rostro se puso mortalmente pálido y sus ojos se agrandaron con incredulidad mientras veía cómo el dispositivo se deslizaba sin esfuerzo en las manos de Yelena.
El tenue resplandor de la farola parpadeaba sobre los dedos de Yelena, reflejando la determinación grabada en su mirada.
Con facilidad, Yelena deslizó el dedo por la pantalla e inclinó el teléfono hacia el rostro de Annie, lo suficiente para que el reconocimiento facial le concediera acceso instantáneo.
Una oleada de pánico recorrió el cuerpo de Annie. Sabía exactamente lo que iba a pasar.
Yelena no perdió tiempo. Navegó por el teléfono hasta que lo encontró: la foto.
Allí, congelado en el tiempo, estaba Austin, de pie bajo el mismo tenue resplandor de las farolas, con el rostro difuminado por la luz de fondo, pero con una silueta tan impactante como siempre: alto, elegante, cautivador sin esfuerzo.
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A su lado estaba Yelena, sus figuras entrelazadas en el suave resplandor, irradiando una armonía innegable, como una escena sacada de las páginas de un cuadro romántico y nostálgico.
Pero la belleza del momento capturado chocaba violentamente con la tensión palpable que crepitaba en el aire.
Durante un instante fugaz, Yelena sintió un calor en el pecho. Se quedó mirando la imagen, perdida por un momento en el recuerdo que le evocaba. Luego, con una inhalación silenciosa, se obligó a volver a la realidad.
Sabía el peso que tenía esa foto, el caos que podría desatar si alguna vez veía la luz del día.
Decidida, reenvió la imagen a su propio teléfono, como recuerdo de lo que una vez fue, antes de borrarla rápidamente del dispositivo de Annie.
Con un último y deliberado toque, la imagen desapareció sin dejar rastro.
Yelena levantó la mirada hacia Annie, con una sutil advertencia brillando en sus ojos. «Annie, espero que lo entiendas, todo el mundo tiene sus límites. Esta vez lo dejaré pasar, pero si vuelve a ocurrir… no seré tan indulgente». Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó.
Su partida fue acompañada por el susurro de la brisa nocturna. La luz de la farola parpadeó a su paso, como si reflejara la silenciosa batalla que acababa de librarse.
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