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Capítulo 1086:
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«Yo que tú, me lo pensaría dos veces». El tono de Yelena era gélido y sus ojos irradiaban una fuerza tranquila.
Los matones restantes vacilaron. Acostumbrados a ejercer la influencia de Sonya como un garrote, no habían previsto resistencia.
Se golpeaban el pecho como gorilas, pero tenían el corazón de un ratón cuando se les desafiaba de verdad.
El rostro de Sonya se oscureció aún más. No esperaba que Yelena fuera tan rápida, y la humillación de perder prestigio delante de todos no hacía más que avivar su ira.
«¿A qué esperáis? ¡Derribadla!», gritó Sonya, esperando intimidar a Yelena con sus bravuconadas.
Pero Yelena se mantuvo firme. Sus movimientos seguían siendo fluidos y precisos, desviando con facilidad cada torpe ataque y neutralizando a sus oponentes uno tras otro. En poco tiempo, los lacayos yacían dispersos, gimiendo en el suelo.
Los demás concursantes del comedor miraban en silencio, asombrados, con sus expectativas sobre la aparentemente delicada Yelena completamente trastocadas. Simone y Hannah estaban completamente estupefactas, y su admiración por Yelena floreció en ese mismo instante.
El rostro de Sonya era un enmascaramiento de furia, sus ojos perforaban a Yelena, pero no hizo ningún movimiento. Reconoció la totalidad de su derrota.
«¡Te arrepentirás de esto, Yelena!», escupió Sonya con veneno, luego se dio la vuelta y salió furiosa, dejando tras de sí una estela de murmullos y susurros especulativos.
Yelena la vio marcharse, y un leve movimiento de cabeza fue su única respuesta al encuentro. Nunca había sido su intención entrar en conflicto con Sonya, pero no iba a dejar pasar la provocación sin consecuencias.
«Vamos a comer algo», sugirió Yelena a Simone y Hannah, restando importancia al incidente. Ellas asintieron y la siguieron hasta la mesa del bufé.
El salón pronto se llenó del bullicio habitual, aunque el ambiente seguía cargado tras la retirada de Sonya.
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—¡Yelena, me has metido en un buen lío! —Annie dejó el desayuno sobre la mesa con un golpe, su irritación era palpable.
Yelena levantó la vista, con expresión imperturbable. —Es a mí a quien persigue, no a ti. ¿Por qué te preocupas?
Annie no pudo reprimir una risita. —¡Qué mala suerte tenerte como compañera!».
Sonya no era de las que se rendían fácilmente. Rompiendo las reglas, marcó en secreto el número de su benefactor en un teléfono oculto, con un tono empalagoso. «Papá, Yelena es un verdadero incordio. Tienes que ayudarme a solucionarlo… Sí, sí, haré lo que digas. Lo que tú quieras, papá». Tras la llamada, una expresión de alivio se dibujó en su rostro.
«Tú, ven aquí».
Sonya hizo una señal a sus subordinados, que se apresuraron a reunirse y esperar nuevas instrucciones.
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