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Capítulo 474:
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Gamma Harper la abrazó. Angela acarició el cabello de Ava.
Miró a Stephen, que parecía molesto. Aún no le había contado la identidad de Ava. Pensó que era hora de que Ava se lo contara ella misma. Pero en ese momento, lo importante era contarle lo de Alfa Dane.
«Stephen, Alfa Dane vino a nuestra casa anoche», le dijo Ángela.
Stephen la escuchó, pero no reaccionó. Bajó la mirada para evitar la mirada de sus padres. Se sentía culpable por no confiar en su hermana ni protegerla.
Ava se dio cuenta de que Gamma Harper no dijo nada, como si Ángela ya se lo hubiera contado.
—Mamá, me alegraré si ella encuentra al hombre que quiere. No hay nada en mi corazón. La rivalidad es otra cosa. No puedo prometerte nada.
Estaba claro que si la manada enemiga atacaba a la suya, él elegiría a su Alfa y a su manada antes que al hombre de su hermana.
—De todos modos, él no va a atacar a esta manada. Tienes muchas ideas equivocadas sobre él. Es un tipo genuino —dijo Ava.
—Entonces, ¿por qué no le pides que venga a conocernos? ¿Qué tal si lo invitamos? —preguntó Gamma Harper.
Curiosa, Ava preguntó:
—Papá, ¿lo has conocido alguna vez?
La mirada de Gamma Harper se desvió mientras recordaba el pasado.
—Solía venir aquí con sus padres. En aquel entonces, el Alfa Martin lo apreciaba mucho. Vimos su potencial. Era frío desde niño porque había sido testigo de la guerra a una edad temprana.
Stephen escuchó a su padre recordar aquellos días. Él también había conocido a Dane varias veces de niño, ya que era amigo de Ian desde la infancia.
«Siempre fue un chico arrogante, un chico malo y egoísta que quería verse a sí mismo en la cima y a los demás por debajo de él», murmuró Stephen.
Ava negó con la cabeza y dijo:
«Steph, ha cambiado. Ya no es ese chico malo».
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Ian se despertó ansioso a primera hora de la mañana. No había podido dormir en toda la noche.
En primer lugar, los pensamientos sobre Ava no dejaban de dar vueltas en su cabeza y, en segundo lugar, le dolía la espalda.
De pie frente al espejo, se examinó rápidamente la espalda. Las heridas habían empezado a desaparecer hacía unos días, pero desde anteayer habían empeorado. Unas líneas rojas le atravesaban la piel, causándole un dolor insoportable.
Siseó al ver las ramas que se extendían por su ancha espalda, llegando casi hasta los hombros.
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