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Capítulo 1465:
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Myron se detuvo en la puerta y se volvió para echar un último vistazo, con el corazón renuente a marcharse.
El viento se coló por la rendija de la ventana, agitando las cortinas mientras la habitación volvía a quedar en silencio.
Ese día, Myron consiguió abordar una larga lista de tareas. Después de salir de la habitación del hospital de Millie, se dirigió al coche aparcado fuera.
Mack se quedó cerca, dándole a Myron espacio y tiempo para recomponerse antes de sentarse finalmente al volante.
Todo el mundo en Crobert lo sabía: no era ningún secreto lo mucho que Myron quería a Millie.
Durante todo el año, la gente había intentado emparejar a Myron con otras mujeres, insistiendo en que era hora de que siguiera adelante. Todos los intentos terminaban de la misma manera: la paciencia de Myron se agotaba y su respuesta era tajante y definitiva.
Sus amigos y familiares, con buena intención, repetían sus preocupaciones. «No puedes poner tu vida en suspenso para siempre. Millie puede que nunca despierte».
«Te estás haciendo mayor y criar a Ari tú solo no debe de ser fácil. Necesita una madre en su vida», le decían otros con delicadeza.
Pero Myron nunca vacilaba. Siempre respondía: «Ari tiene muchas mujeres fuertes a su alrededor: familia, amigos, su niñera. Nos las arreglamos muy bien. No hay por qué preocuparse».
En realidad, simplemente no podía olvidar a Millie. Ella seguía siendo el centro de su mundo.
Mientras Mack se deslizaba en el asiento del conductor, dejó escapar un suspiro silencioso y miró por el espejo retrovisor. Myron estaba perdido en su propio mundo, estudiando su tableta con la misma calma y concentración impenetrable de siempre.
«¿Adónde nos dirigimos ahora, señor Elliott?», preguntó Mack, rompiendo el silencio con su voz.
Myron dejó a un lado la tableta y habló en voz baja. —Primero a casa.
—Enseguida, señor —respondió Mack, arrancando el coche.
Durante gran parte del año, Myron rara vez había pisado la mansión Elliott, ya que había optado por pasar casi todo su tiempo en el hospital con Millie.
Sin embargo, hoy algo le había impulsado a volver a casa.
El personal doméstico mantenía la mansión en perfectas condiciones, cada habitación conservada como si el tiempo se hubiera detenido. Aunque su gato ahora vivía en el apartamento cerca del hospital con Ari y Nicole, el viejo árbol para gatos permanecía intacto en la terraza acristalada.
Los recuerdos se agolparon en la mente de Myron mientras deambulaba por los pasillos familiares: las risas con los amigos, los fines de semana de ocio y la vieja rueda de hámster que habían construido para el gato, aún escondida en su rincón, intacta y esperando.
«Bienvenido a casa, señor». El mayordomo lo saludó nada más entrar.
Myron asintió con la cabeza y subió las escaleras, dirigiéndose al dormitorio que él y Millie habían compartido, un lugar lleno de ecos de risas y conversaciones nocturnas.
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Ella siempre había tenido un sueño inquieto, despertándose al menor ruido.
«Esta vez, por fin duermes en paz», susurró Myron.
Entró en el estudio que compartían, el espacio donde una vez habían pasado horas trabajando codo con codo. Detrás de su cuadro favorito, había una caja fuerte oculta, llena de papeles y recuerdos.
Recordó aquella noche en la que le mostró a Millie su testamento, seguro de que, si la desgracia golpeaba, lo encontraría primero a él. Sin embargo, allí estaba, abandonado, mientras ella permanecía encerrada en sueños silenciosos.
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