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Capítulo 760:
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Cole se inclinó hacia adelante, con la voz reduciéndose a apenas un susurro.
«Estoy aquí, June», dijo. «Estoy justo aquí. Nadie te va a lastimar.»
Los ojos de June revolotearon. Apenas un poco.
Su visión era borrosa, distorsionada por la fiebre. La tenue luz de la lámpara proyectaba sombras sobre el rostro de Cole.
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Y por un momento, no vio a Cole.
Vio a Caleb.
El mismo rostro. Los mismos ojos. El mismo hombre que la había rescatado de aquella avalancha. El mismo hombre que había muerto salvándola.
La fiebre quemó siete años de dolor y traición. Quemó a Cole. Quemó todo, excepto aquel único momento perfecto y redentor.
Una sola lágrima resbaló por la mejilla de June y cayó sobre la almohada blanca.
«No te vayas», susurró, con la voz ronca y quebrada.
El corazón de Cole dio un vuelco. Se acercó más, con el oído casi pegado a sus labios.
«¿Qué dijiste, amor?», musitó.
Los labios de June temblaron.
«Caleb…»
El nombre era apenas audible —arrastrado por la fiebre, amortiguado por la almohada.
Y Cole, desesperado. Tan desesperado por cualquier señal de que a ella le importaba. Tan desesperado por cualquier migaja de amor.
Escuchó Cole. Escuchó su propio nombre.
June volvió a cerrar los ojos, con más lágrimas corriéndole por el rostro. Presionó la mejilla contra la mano de él, como un animal herido buscando refugio.
«Te extrañé tanto», susurró. «Por favor no me dejes sola de nuevo.»
La respiración de Cole se atascó en la garganta.
Las lágrimas le llenaron los ojos.
Había tenido razón. Todo este tiempo. Todo su frío, todo su odio, todo su rechazo —habían sido solo un muro. Un mecanismo de defensa.
En el fondo, todavía lo amaba. En el fondo, todavía lo necesitaba.
Había tenido tanto miedo de haberla perdido para siempre. Pero ella seguía ahí. Seguía siendo suya.
Cole se inclinó y le besó la lágrima de la mejilla —con delicadeza, con reverencia, como si ella fuera lo más precioso del mundo. Entrelazó los dedos con los de ella y presionó su mano contra su pecho, justo sobre el corazón.
«No me voy a ningún lado», susurró, con la voz cargada de emoción. «Te lo juro, June. Nunca te voy a volver a dejar. Te amo. Tanto.»
En aquella habitación de hospital apenas iluminada, rodeado de máquinas que pitaban, Cole sintió que algo dentro de él sanaba. Estaba completo de nuevo. Había recuperado la esperanza.
Y June, todavía perdida en su sueño, siguió durmiendo.
Soñando con otro hombre.
Los primeros rayos de la luz matutina se filtraban por las persianas, proyectando sombras rayadas sobre el suelo de la habitación del hospital.
El monitor cardíaco pitaba sin parar.
Las largas pestañas de June revolotearon.
Y abrió los ojos.
La fiebre había desaparecido. La neblina se había levantado. Su mente estaba afilada y clara de nuevo —como siempre lo era. La mente de una científica de primer nivel. La mente que calculaba cada movimiento, cada riesgo, cada resultado.
Sintió una mano cálida envuelta alrededor de la suya.
La mano de un hombre. Grande. Áspera. Familiar.
June giró la cabeza despacio.
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