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Capítulo 668:
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June se disculpó de la mesa, necesitando un momento lejos de la normalidad forzada de la cena. Su mente era un torbellino —los datos, la presión implacable de Crawford, la imagen de Easton tan agotado al otro lado del salón. Necesitaba recomponerse.
Una figura salió de un nicho en sombras más adelante. Se tensó por una fracción de segundo antes de reconocer su silueta.
«June.»
La voz de Easton. Tranquila, sin el filo agudo que tenía en un tribunal.
«Easton.» Se relajó, una sonrisa genuina tocando sus labios por primera vez en toda la tarde. «¿Cena difícil?»
«Del peor tipo», admitió, su postura perdiendo algo de su control rígido. Se veía agotado. «Tres horas de fanfarronería y amenazas veladas disfrazadas de negociación. Preferiría estar contra-interrogando a un testigo hostil.» Se acercó, su presencia un consuelo familiar. «Te vi. Te veías…»
«¿Como que necesitaba un rescate?» terminó por él, con tono seco.
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«Como que te estabas defendiendo sola, como siempre», corrigió con gentileza. Su mano encontró su codo, un toque ligero y posesivo destinado solo a ella. «Pero me alegra haberte encontrado. Ya iba a enviarte un mensaje.»
El contacto era un ancla. El calor de su mano a través de la seda de su blusa, el tono grave de su voz. Era un ancla en la tormenta de su día.
«Me alegra que lo hayas hecho», admitió, su voz más suave de lo que pretendía. «Chloe es buena chica. Merece una cena decente. Pero la actuación es agotadora.»
«Lo sé.» Su pulgar acariciaba su brazo en un ritmo lento y tranquilizador. «Mi auto está esperando. Deja la cena. Déjame llevarte a casa.»
Ella dudó, echando un vistazo hacia su mesa. «No puedo simplemente dejarla.»
«Mi asistente sigue en la barra», dijo, anticipando su objeción. «Lo haré pagar la cuenta y organizarle un auto a tu colega. Ella quedará atendida. Déjame atenderte a ti.»
Su mirada era firme, inquebrantable —una promesa de refugio. No pedía nada, simplemente ofrecía una retirada. Un escape. Vio el agotamiento en sus ojos reflejando el suyo, y el deseo hasta los huesos de simplemente estar con alguien que no requiriera una actuación, alguien que ya conocía todos los pedazos rotos y no le pedía que los escondiera.
Miró sus manos entrelazadas. Sus dedos eran un peso constante, una declaración silenciosa. Esto era real. Esta era su vida ahora —estos momentos robados de comprensión silenciosa en medio del caos.
«Está bien», susurró, las dos palabras a partes iguales rendición y alivio. «Llévame a casa.»
La sonrisa que tocó sus labios era cansada pero genuina, y llegó hasta sus ojos, borrando el agotamiento por solo un momento. Era una sonrisa destinada solo a ella, y en el silencio de ese pasillo, se sentía como lo único que importaba.
No soltó su brazo. En cambio, su mano se deslizó hacia abajo para entrelazarse con la de ella —una conexión simple y sólida— mientras la guiaba hacia la salida, lejos de las miradas entrometidas y las exigencias interminables del mundo.
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