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Capítulo 336:
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Su mirada se posó de inmediato en el grueso cabestrillo médico negro que sostenía el brazo izquierdo de June y en la pesada bota ortopédica en su pie derecho.
La calidez en los ojos de la anciana desapareció al instante, reemplazada por un infernal infierno congelado de furia.
«¿Fue Cole quien te hizo esto?» exigió saber la señora Compton mayor, bajando la voz a un registro letal y vibrante.
El estómago de June se tensó. No quería echar más leña al fuego.
«No,» dijo June con suavidad, manteniendo una expresión perfectamente neutral. «En el caos después del choque, me golpeé con fuerza contra la puerta interior del auto. Se me fracturó la clavícula, y me torcí el tobillo al caer cuando intentaba salir.»
La señora Compton mayor miró profundamente a los ojos de June. Había sobrevivido ochenta años en el despiadado mundo de Wall Street. Era capaz de detectar una mentira a kilómetros de distancia.
La mandíbula de la anciana se tensó. No presionó el tema — pero la furia asesina que ardía en lo profundo de sus ojos le dijo a June que conocía la verdad.
La señora Lynch entró silenciosamente al salón y colocó una charola de plata con té Earl Grey caliente y delicadas pastas sobre la mesa.
La señora Compton mayor tomó una taza de porcelana y miró el rostro agotado y pálido de June.
«Niña,» dijo la anciana, su voz cargada de una tristeza profunda y dolorosa. «Durante cuatro años, le has dado todo a esta familia. Y mi nieto no te ha dado más que dolor y humillación.»
Extendió la mano y tomó la de June de nuevo, con un apretón sorprendentemente firme.
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«No voy a permitir que sufras ni un día más de esto,» declaró la señora Compton mayor, su voz resonando con una autoridad absoluta y aterradora. «Voy a solucionar esto.»
June miró la feroz determinación en los ojos de la anciana, y un escalofrío le recorrió la espalda. Sabía que cuando la verdadera gobernante del imperio Compton hacía una promesa, la tierra estaba a punto de temblar.
La señora Compton mayor tomó un lento y deliberado sorbo de su té Earl Grey caliente.
Volvió a depositar la delicada taza de porcelana fina sobre su platillo de plata. El suave tintineo de la porcelana resonó con nitidez en el silencioso salón, cargando el peso del mazo de un juez.
Miró directamente a June, sus pálidos ojos azules completamente desprovistos de suavidad.
«No vas a regresar al penthouse,» declaró la señora Compton mayor. No era una sugerencia. Era una orden absoluta.
June parpadeó, ligeramente sorprendida por el cambio repentino. «¿Por qué?»
«Porque ese penthouse es el territorio de Cole,» respondió la anciana, su voz cargada de profundo desdén. «Es un monumento a sus mentiras y sus fracasos. No vas a pasar otra noche respirando el mismo aire que él, ni esperando que sus amantes toquen a la puerta.»
June abrió la boca para objetar. Quería señalar que, legalmente, el penthouse era un activo conyugal, y abandonarlo podría complicar el proceso de divorcio.
Pero la señora Compton mayor levantó un único y autoritario dedo, silenciándola al instante.
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