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Capítulo 1044:
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Eso era todo lo que ella significaba para él. Una pieza de equipo caro que había sacado del agua para evitar una pérdida en su balance.
La diminuta y frágil chispa de calidez que había sentido hacia él se extinguió sin pestañear. Una oleada de humillación la inundó. Casi había muerto, y él estaba de pie junto a su cama haciéndole una evaluación de rendimiento.
Apartó la cabeza y fijó la mirada en la pared blanca, con expresión ausente. Tragó el nudo que le quemaba en la garganta. No iba a llorar. Se negaba a darle a aquel hombre arrogante la satisfacción de verla derrumbarse.
—Le pido disculpas, señor —dijo June. Su voz era perfectamente monótona, desprovista de cualquier inflexión. La voz de una subordinada dirigiéndose a un superior—. Fue un error de cálculo por mi parte. Me aseguraré de que el proyecto no se retrase.
Aquella disculpa robótica y sin vida le cayó a Alexander como un puñetazo en el pecho.
Dejó de dar vueltas. Se quedó mirando el perfil de su pálido rostro y observó cómo el último atisbo de rebeldía abandonaba sus ojos, sustituido por algo muerto y vacío. Aquella imagen le golpeó con una repugnante sacudida de reconocimiento. Comprendió, con una claridad repentina y terrible, exactamente lo que había hecho.
Había sacado su alma del río helado y la había aplastado él mismo.
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La habitación se sumió en un silencio asfixiante.
June volvió la cabeza lentamente. No le miró a la cara. Bajó la mirada hacia sus manos, apoyadas en la barandilla metálica de la cama.
Se quedó mirándolas fijamente.
Las manos de Alexander temblaban. No era un ligero temblor: sus dedos vibraban visiblemente contra el metal.
Sus ojos se desplazaron hacia arriba. Bajo la tela impecable de la chaqueta de su traje, su pecho subía y bajaba a intervalos rápidos y superficiales. Estaba hiperventilando.
La parte analítica de la mente de June se activó instintivamente. Temblores. Taquicardia. Hiperventilación. Esos no eran los síntomas fisiológicos de un directivo frustrado por el retraso de un proyecto. Eran las secuelas agudas e incontrolables de una enorme descarga de adrenalina provocada por un terror personal extremo.
A June se le cortó la respiración. Levantó la vista hacia los ojos oscuros de Alexander. La máscara fría y arrogante seguía en su sitio, pero ahora veía las finas grietas que la atravesaban. Vio el pánico crudo y sangrante que se escondía justo bajo la superficie.
No estaba enfadado por el proyecto.
Estaba aterrorizado porque ella casi había muerto.
El pesado silencio de la habitación del hospital se prolongó hasta que June sintió como si un peso físico le oprimiera el pecho.
Se recostó contra las almohadas, con la mente dando vueltas sin cesar. El temblor en las manos de Alexander. La respiración rápida y superficial de su pecho. La furia absoluta en sus ojos que se parecía sospechosamente a un pánico descarnado.
June respiró lenta y dolorosamente. Los pulmones aún le ardían por el agua del río, pero su mente se había aclarado por completo. Se apoyó en el cabecero y se incorporó a pesar del dolor en los músculos.
No apartó la mirada. Clavó sus ojos azul pálido directamente en la mirada oscura y turbulenta de Alexander.
—Un agente federal —repitió June. Su voz seguía siendo ronca, pero el tono sumiso y derrotado había desaparecido por completo, sustituido por el filo agudo y analítico de una científica que disecciona una hipótesis errónea.
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