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Capítulo 983:
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«Uno».
El cielo explotó.
La luz rasgó la oscuridad en una explosión tan repentina que me quedé sin aliento, con la respiración atrapada en la garganta.
El color floreció sobre mi cabeza: blancos brillantes y azules profundos se desplegaron en la oscuridad, arremolinándose como tinta floreciendo en el agua.
Fuegos artificiales.
No del tipo caótico y superpuesto destinado a abrumar. Estos eran deliberados. Medidos. Cada estallido sincronizado perfectamente con el siguiente, pintando el cielo con arcos amplios y formas precisas.
Alguien detrás de mí gritó.
Apenas lo oí.
Mi mirada estaba fija hacia arriba mientras se desarrollaba el espectáculo: chispas azules que se curvaban hacia dentro, se reunían y se moldeaban con una precisión imposible.
Mi respiración se detuvo en un suspiro silencioso cuando reconocí la imagen.
Una luna creciente, esbozada en una luz azul brillante, delicada y exacta. Curvada de forma protectora alrededor de una estrella de cinco puntas.
Mi amuleto de la suerte.
Mis dedos temblaban mientras apretaban la mano de Daniel.
«Oh», susurré. «Oh, dioses…».
Los fuegos artificiales continuaron, irradiando desde ese símbolo central en una cascada de brillantes azules y plateados.
La pequeña multitud detrás de nosotros estalló en aplausos y risas, pero todo sonaba lejano, amortiguado, como si estuviera bajo el agua.
Me incliné y abracé a Daniel con fuerza. «Esto es increíble», le susurré al oído. «Gracias, cariño. ¿Cómo sabías lo de mi amuleto de la suerte?».
Él me abrazó también y bajó la voz hasta convertirla en un susurro destinado solo a mis oídos.
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«No fui yo», dijo.
Me aparté, sorprendida. «¿Qué?».
Él miró al cielo y luego a Kieran, que estaba justo detrás de nosotros, con la mirada fija hacia arriba y una expresión indescifrable en la luz cambiante.
«Papá lo planeó», dijo Daniel en voz baja. «Todo».
Me giré lentamente, con el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que todos podían oírlo.
Como si pudiera sentir mi mirada, Kieran apartó la vista del cielo y nuestros ojos se encontraron.
Los fuegos artificiales se reflejaban en su mirada, suavizando la oscura obsidiana y convirtiéndola en algo más cálido. Tierno.
«Feliz Navidad», dijo en voz baja.
Eso fue todo.
Sin discursos. Sin explicaciones. Sin intentar atribuirse el mérito.
Solo esas dos palabras, ofrecidas como algo precioso.
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