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Capítulo 866:
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«Es la huella de tu alma».
La estrella brilló débilmente.
Pero solo la mitad brillaba.
La otra mitad parpadeaba, tenue y frágil, como si luchara por permanecer encendida.
Se me revolvió el estómago. «¿Qué le ha pasado?».
«Hay dos posibilidades. O tu alma ha sido herida, o parte de ella ha sido suprimida o alterada».
Mi respiración se entrecortó. «¿Alterada?».
«Una fuerza puede haber sellado aquello con lo que naciste. Un recuerdo. Una verdad. Un poder».
Un escalofrío me recorrió los brazos.
Alterada. Suprimida.
¿Por quién? ¿Por qué?
La estrella volvió a parpadear, titilando como una vela en una tormenta.
«Tu transformación completa seguirá siendo incompleta hasta que se restaure la parte que falta».
Una docena de preguntas surgieron en mi mente, pero no pude formular ninguna. Al menos, no durante esta visita.
Pero…
Joder, tenía que intentarlo. No podía irme así sin más.
Apreté los puños. «¿Puedes arreglarlo?».
La estrella se atenuó.
Luego se iluminó, tímidamente, como un «sí» susurrado con labios temblorosos.
«El Pasillo de la Luz Estelar puede intentar reparar una parte de lo que se ha perdido».
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La esperanza me atravesó las costillas, aguda y desesperada. «Entonces hazlo. Por favor».
«Te lo advierto, Seraphina: esa reparación es traumática. Muchos no sobreviven al shock. Otros fracasan en la restauración».
El sudor empapaba mis palmas. Mi pulso latía rápido y frenético.
«Pero si no lo intento», susurré, «podría quedarme así para siempre».
«Nada es definitivo. Encontraste este canal; puedes encontrar más».
Un resoplido burlón se me escapó, resonando en el Pasillo de la Luz Estelar.
«Me llevó treinta años encontrar este canal. ¿Quién sabe cuánto tiempo me llevará encontrar otro?».
«Pues inténtalo. Puede que despiertes lo que ha estado durmiendo dentro de ti. O que mueras en el intento».
Mi aliento tembló entre mis labios.
Quizás debería haber tenido miedo. Quizás debería haber pensado en las personas de mi vida que me querían, que llevarían mi ausencia como una herida que nunca se cerró del todo.
Pero lo único en lo que podía pensar era en los años en los que me habían ignorado.
Los juicios interminables, los susurros, las etiquetas: corriente, defectuoso, anodino.
Una vida dedicada a escuchar lo que me faltaba en lugar de lo que podía llegar a ser.
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