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Capítulo 743:
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No de forma dramática.
Solo… en silencio. Como si distanciarse de mí fuera algo instintivo.
Luego se dio la vuelta y pasó junto a mí, con pasos suaves pero devastadores.
«¡Seraphina!», la llamé, extendiendo la mano, pero mi mano se detuvo a mitad de camino.
Ella no miró atrás.
Un dolor agudo me atravesó detrás de los ojos y mi visión se nubló. Mis rodillas se doblaron; me aferré al borde de la mesa, presionando mis dedos temblorosos contra mi sien mientras todo daba vueltas.
Las palabras de la adivina resonaron en mi mente como un susurro oscuro:
«Si la chica sigue el camino para el que ha nacido, la perseguirán. El peligro la acechará en cada recoveco del camino. Si sigue siendo una persona normal, vivirá».
¿Habíamos cometido Edward y yo un terrible error?
Al ocultar la verdad a nuestra hija, al mantenerla a salvo, protegida… ¿la habíamos destrozado?
Cerré los ojos, luchando contra el dolor punzante en mi cráneo mientras el arrepentimiento me consumía por completo.
«Mi dulce niña», susurré a la biblioteca vacía, «¿qué te hemos hecho?».
PUNTO DE VISTA DE SERAPHINA
No recordaba haber salido de la finca Lockwood.
Un momento antes, estaba de pie en la biblioteca, con el aire cargado de polvo y mentiras, y las palabras de mi madre rebotando en mi cabeza como pequeñas balas.
Lo siguiente que supe es que estaba fuera, con los pies golpeando los escalones de piedra, moviéndome rápido, como si la distancia por sí sola pudiera evitar que esas palabras calaran más hondo.
Corriente.
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Sin importancia.
Peor aún, si cabe.
No estaba en condiciones de conducir, así que dejé el coche, bajé corriendo por el largo camino de entrada y atravesé la verja.
La lluvia había comenzado como una fina niebla, apenas un susurro contra mi piel, pero con cada segundo que pasaba, se hacía más intensa, más fría, empapando mi ropa hasta que la tela se pegaba a mí como una segunda piel. Lo agradecí.
El frío punzante dolía menos que el dolor que me desgarraba el pecho.
No sabía cuánto tiempo había caminado, solo que cada paso se hacía más pesado bajo el peso de treinta años. Años pasados preguntándome por qué nunca era suficiente.
Por qué todas las puertas que intenté abrir de niña estaban cerradas con llave. Por qué cada chispa de potencial que mostraba era sofocada antes de que tuviera la oportunidad de arder.
Cada intento de hacer algo nuevo, frustrado.
Cada interés, redirigido.
Cada sueño, descartado.
¿Cuántas veces me había culpado a mí misma?
Demasiado callada.
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