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Capítulo 739:
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Un fantasma en su propia historia.
Me senté sobre mis talones, con el corazón latiéndome con fuerza. ¿Podría mi extraña habilidad, fuera cual fuera, provenir de ella?
La idea se retorcía dentro de mí, inquietante y emocionante a la vez.
Volví a mirar el libro abierto, con los dedos ligeramente temblorosos. Mis ojos recorrieron de nuevo los márgenes, buscando cualquier cosa: una anotación, un símbolo, una nota perdida de un historiador al que le hubiera importado lo suficiente como para preguntarse.
Nada.
—¿Seraphina?
El sonido de mi nombre rompió el silencio.
Me puse rígida, con el pulso acelerado, mientras la voz familiar resonaba entre las estanterías, pulida y serena.
Hablando del rey de Roma…
Mi madre.
PUNTO DE VISTA DE MARGARET
Estaba a mitad de mi brunch —huevos escalfados, una rebanada de brioche tostado y bayas dispuestas cuidadosamente a lo largo del borde de porcelana— cuando Paxton carraspeó desde una distancia respetuosa.
—Luna Margaret —dijo, con las manos cruzadas a la espalda—, ¿le llevo un poco de té a la señorita Seraphina?
Mi tenedor se detuvo a medio camino de mi boca.
—¿Seraphina?
Él asintió. —Ha estado en la biblioteca de la manada toda la mañana.
—¿En la biblioteca? —repité, dejando el tenedor sobre la mesa mientras me invadía la nostalgia.
Él volvió a asentir.
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Una pequeña y melancólica sonrisa se dibujó en mis labios. A Sera siempre le había gustado la biblioteca. Tenía la costumbre de olvidarse del mundo cuando estaba allí.
Me puse en pie. —Prepara té y galletas. Se los llevaré yo misma.
Paxton parpadeó sorprendido, pero volvió a inclinarse. —Por supuesto, Luna.
Minutos más tarde, estaba de pie frente a la gran biblioteca, con una bandeja de porcelana en las manos: dos tazas de té de limón, con vapor saliendo suavemente de los bordes, y un plato de bollos de bayas.
Al empujar la alta puerta de madera con el hombro, esperaba encontrar a Sera leyendo tranquilamente en su lugar habitual, junto al ventanal.
Sin embargo, la encontré arrodillada en el suelo, rodeada de libros genealógicos, pergaminos y volúmenes polvorientos que no se habían tocado en décadas.
Sus dedos se cernían sobre un grueso tomo encuadernado en cuero, con una expresión tensa de frustración y curiosidad.
Un escalofrío involuntario me recorrió la espalda.
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