Mi hermana se robó a mi compañero y se lo permití - Capítulo 247
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Capítulo 247:
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El agudo sonido rompió el silencio de la cabaña, destrozando la extraña y frágil quietud que había entre nosotros.
Kieran se tensó. Su mirada se dirigió hacia la mesita de noche, donde el dispositivo zumbaba insistentemente y la pantalla parpadeaba con un nombre que no necesitaba ver para reconocer.
Celeste.
Lo sentí como un puñetazo en el estómago.
Me había obligado a dejar mi teléfono en Los Ángeles y me había advertido que no le diera a nadie el número del teléfono encriptado, por la seguridad de Daniel. Y sin embargo…
Kieran no se movió al principio. Apretó la mandíbula, con la mano aún cálida alrededor de la mía. Por un instante, pensé que lo ignoraría, que se quedaría.
Pero el timbre continuó, tan insistente y exigente como la propia Celeste.
Finalmente, con un murmullo entre dientes, me soltó la mano y se puso de pie. Su expresión era indescifrable, pero podía sentir la tensión que irradiaba a oleadas.
«Ahora vuelvo», dijo, y sonó como una promesa a la que no fui tan tonta como para aferrarme.
Salió de la cabaña, cerrando la puerta tras de sí, y el silencio que siguió fue ensordecedor.
Debería haberme dejado llevar por la neblina de los medicamentos, dejar que el sueño me invadiera y lavara la enfermedad de mi cuerpo.
Pero, en cambio, me encontré empujándome débilmente hacia arriba, esforzándome por escuchar a través de la delgada barrera de la puerta.
Y lo oí todo.
La voz de Kieran era baja al principio, entrecortada, como solía hablar cuando se ocupaba de asuntos desagradables.
«Celeste», dijo a modo de saludo, y debió de poner el teléfono en altavoz porque, aunque no podía oír sus palabras con claridad, sí percibía la dureza de su tono, una avalancha de sonido que traspasaba incluso la madera y el metal.
Entonces me levanté de la cama y me acerqué arrastrando los pies.
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«¿Cómo va el viaje?».
«Bien. Ahora estamos en el yate».
«El orgullo de Ashar». Su voz se apagó con nostalgia. «Aún no he subido a él».
«Pronto lo harás. Te llevaré a donde quieras ir, solo tú y yo».
La voz de Kieran sonaba fría y distante, no como si le estuviera prometiendo a su amor un crucero romántico.
La voz de Celeste sonó más alegre. «Bien. Estoy deseándolo».
Una pausa cargada de significado.
Y luego: «¿Vas a cumplir tu promesa?».
«Sí». Kieran parecía estar apretando los dientes.
«¿De verdad? ¿Vas a mantenerte alejado de ella?».
No hacía falta preguntarme quién era «ella». El frío desdén de Celeste lo decía todo.
Y entonces llegó la mentira.
«Sí», dijo Kieran. «Estamos manteniendo la distancia. No la he visto desde que embarcamos».
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