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Capítulo 1806:
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El mundo se redujo a esa diminuta vida que la doctora levantó con cuidado hacia la luz, y yo no pude hacer otra cosa que quedarme mirándola. Había sido testigo de innumerables cosas extraordinarias, desde batallas imposibles hasta milagros que habían cambiado el destino de nuestro mundo, pero nada se comparaba con esto. Era increíblemente pequeña, con unos rizos rubios húmedos que se aferraban a su cabecita, y sus pequeños puños apretados contra el pecho como si ya estuviera lista para enfrentarse al mundo en el momento mismo de su llegada.
Me eché a reír, pero la risa se convirtió en sollozos ahogados que no intenté ocultar.
La depositaron con delicadeza en los brazos de Sera, que la esperaba, y durante varios largos segundos olvidé cómo respirar. Mi mujer miró al pequeño bulto acunado contra su pecho con una expresión tan llena de amor y asombro que me despojó de lo que me quedaba de compostura, y yo no dejaba de mirar alternativamente a las dos, incapaz de decidir qué milagro me abrumaba más.
—Sophia —susurró Sera, con una voz apenas más fuerte que un suspiro.
—Es perfecta. —Me incliné para darle un largo beso en la frente a Sera—. Gracias.
Ella levantó ligeramente un hombro y me dedicó una pequeña sonrisa, agotada. «Es parte del trabajo».
Solté una suave risa mientras extendía una mano que temblaba a pesar de todos mis esfuerzos por mantenerla firme. Cuando la yema de mi dedo rozó la mano increíblemente diminuta de Sophia, sus delicados dedos se cerraron alrededor de los míos, con un agarre tan débil que apenas podía sentirlo. Y, sin embargo, en ese contacto fugaz, sentí todo el peso de un amor tan profundo que cambió algo dentro de mí para siempre.
Al mirar a mi mujer, a nuestra hija que se movía contra su pecho, sabiendo que nuestro hijo esperaba justo al otro lado de aquellas puertas para convertirse en el maravilloso hermano mayor que ya soñaba con ser, comprendí algo que seguiría siendo cierto durante el resto de mi vida.
Durante años había creído que ser Alfa era mi mayor privilegio.
Me había equivocado.
Volver a casa con ellas, con estos milagros hermosos e imposibles, cada único día, siempre sería el mayor honor que jamás podría aspirar a ganarme.
𝖱о𝘮а𝘯𝗰𝗲 у 𝗉asі𝗼́𝘯 e𝘯 𝗇𝘰ve𝗅𝖺𝘀𝟦𝘧𝘢𝗇.co𝗺
EL PUNTO DE VISTA DE DANIEL
Durante los primeros diez años de mi vida, lo único que deseaba era tener hermanos.
Ser hijo único no estaba tan mal, la verdad. Yo era todo el mundo para mi madre, y mi padre, mis abuelos y la manada me adoraban, pero al final del día, la soledad me pesaba. Quería tirarme encima a niños pequeños que se parecieran a mí y hacer cosquillas a niñas que fueran la viva imagen de mi madre. Anhelaba el caos, las risas y… la compañía.
Pues bien, conseguí lo que quería. Y mucho más.
Sophia fue la primera. Nació cuando yo tenía diez años y, desde el momento en que papá la puso en mis brazos —con sus cinco libras arrugadas envueltas en una manta rosa—, me enamoré perdidamente de ella.
En cuanto pudo moverse, Sophia empezó a seguirme a todas partes como si yo fuera lo más fascinante que existiera, y cada vez que volvía a casa del entrenamiento o del colegio, su carita se iluminaba como si yo fuera un amor perdido hace tiempo que regresaba de la guerra. Empezó a llamarme Dani antes de poder pronunciar correctamente su propio nombre, y el apodo se quedó entre todos los que vinieron después de ella.
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