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Capítulo 1456:
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Sus hombros se relajaron con algo que parecía alivio y, por primera vez, una emoción genuina se dibujó en su rostro —demasiadas a la vez como para nombrar una sola—.
«Nos… nos hemos librado. Hemos escapado».
«Sí», dije en voz baja. «Y nunca tendrás que volver».
Sus ojos brillaron.
«Ni siquiera me conoces», susurró, con el labio inferior temblando. «¿Por qué harías todo eso… por mí?».
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Me acerqué un poco más.
«¿Cómo te llamas?», le pregunté.
Ella dudó.
«No pasa nada», le dije con dulzura. «Estás a salvo, te lo prometo. Todo lo que te hicieron pasar… ya se ha acabado».
Una sola lágrima resbaló por su mejilla.
Entonces, con una voz apenas por encima de un susurro:
«Mireya».
PUNTO DE VISTA DE MIREYA
No podía precisar el momento exacto en que todo se había desmoronado.
Durante mucho tiempo, todo lo que tenía eran fragmentos sueltos: sensaciones que se negaban a encajar, como piezas dispersas de una historia que tenía que recoger y recomponer por mi cuenta.
El olor del polvo calentado por el sol.
Risas… mías, creo.
La voz de mi hermana, llamándome con esa mezcla particular de irritación y cariño: «No te alejes demasiado».
Me había ido de todos modos.
Se suponía que iba a ser un viaje corto. Un simple recado, apenas más allá de lo conocido —de esos que no requieren pensarlo dos veces.
Recuerdo que el cielo estaba despejado aquel día, azul y tan limpio que hacía que todo pareciera infinito, abierto, seguro.
Recuerdo que pensé que volvería antes del atardecer.
El siguiente recuerdo llegó como una fractura.
Manos ásperas.
Demasiadas.
El mundo se inclinó cuando algo me golpeó en la nuca. Ni siquiera tuve tiempo de registrar el sonido antes de que el suelo desapareciera bajo mis pies y la oscuridad me engullera por completo.
Cuando volví en mí, fue el dolor lo que me trajo de vuelta.
Y voces. Graves. Frías. Como una transacción en curso.
«En buen estado».
«Bastante guapa».
«Nos dará un buen precio».
Al principio no entendía nada. Mis pensamientos eran densos y lentos, como si estuviera vadeando algo espeso. Me ardían las muñecas al intentar moverme; fue entonces cuando me di cuenta de que estaban atadas.
La habitación estaba en penumbra. No estaba a oscuras, sino deliberadamente en sombras, el tipo de iluminación que eligen quienes prefieren mantener las cosas ocultas.
Un hombre estaba de pie junto a la puerta con los brazos cruzados, observándome con el interés distante que alguien le presta a un objeto que está considerando comprar.
«Está despierta», dijo.
Otra voz respondió desde algún lugar detrás de él. «Bien. La trasladamos esta noche».
«¿Adónde?», mi voz sonó áspera.
El hombre de la puerta sonrió de una forma que me recordó a un documental sobre tiburones.
«Ya lo verás».
A partir de ahí, todo fue demasiado rápido: nuevas ataduras, una capucha que me cubrió la cabeza, el mundo reducido a sonido y movimiento y el olor denso y sofocante de los sedantes.
Cuando volví a ver la luz, la libertad no me esperaba al otro lado. Solo era otro tipo de jaula.
Las mujeres se alineaban contra las paredes —algunas en silencio, otras llorando. El aire estaba cargado de un perfume que no lograba disimular el hedor agrio que había debajo.
Los días se difuminaban entre sí. O tal vez habían pasado semanas.
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