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Capítulo 1288:
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PUNTO DE VISTA DE SERAPHINA
«No».
Se volvió para mirarme, con la furia aún ardiendo en sus ojos. Apreté un poco más el puño.
«No va a ayudarnos por voluntad propia», dije.
Celeste se recostó contra el cabecero, con una lenta y presumida satisfacción desplegándose en su rostro. «Ding, ding, ding».
Sus ojos se posaron en mí. «¿Y ahora qué, Sera?». Su sonrisa se amplió con descarada provocación. «¿Otro interrogatorio psíquico?».
«Sí», dije.
El cambio fue inmediato.
Sus hombros se tensaron. La burlona tranquilidad se desvaneció de su rostro mientras una verdadera inquietud destellaba en sus ojos. Se apoyó instintivamente contra el cabecero, y las esposas crujieron cuando intentó poner distancia entre nosotras.
«No», dijo bruscamente.
Su mirada se dirigió rápidamente hacia Ethan, luego hacia Kieran, como si buscara un aliado que claramente no iba a aparecer.
«Ya has hecho esto una vez», espetó, con la voz ahora más tensa. «No puedes seguir hurgando en mi mente cada vez que te apetezca».
No dejé de moverme.
La respiración de Celeste se aceleró. «No». Ahora con más urgencia, retorciendo la muñeca contra la esposas como si de alguna manera pudiera liberarse. «No te metas en mi cabeza, joder».
Sus ojos se clavaron en los míos y, por primera vez desde que habíamos entrado en la habitación, no había sarcasmo en ellos.
Solo miedo.
«No te preocupes», murmuré. «Seré delicado».
En el momento en que mis dedos tocaron su piel, el mundo cambió.
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La oscuridad se apoderó de la habitación. Los recuerdos se abalanzaron sobre mí en una violenta oleada de fragmentos: imágenes y voces chocando en un torrente caótico. La vida de Celeste se desplegó a mi alrededor en destellos inconexos: las playas de arena blanca de las Maldivas, las lujosas habitaciones de hotel de resplandecientes bajo la cálida luz de las lámparas, la música resonando en salones abarrotados y noches interminables de risas que nunca llegaban a sus ojos.
Pero cuando busqué a Catherine…
no había nada.
O más bien, algo peor que la nada.
Los recuerdos existían. Podía sentir su forma y su peso en algún lugar bajo la superficie, pero se negaban a enfocarse. Cada vez que intentaba alcanzarlos, las imágenes se difuminaban y se disolvían como tinta extendiéndose por papel mojado.
Alguien las había ocultado deliberadamente.
No era la vaguedad del trauma ni la erosión natural del tiempo. Esto parecía preciso: controlado, intencionado.
Mi pulso se aceleró mientras insistía con más fuerza. La presión dentro de mi cráneo se intensificó, un dolor agudo se extendió detrás de mis ojos como si mi mente estuviera presionando contra una puerta sellada.
Un bloqueo deliberado.
La voz de Corin resonaba débilmente en la distancia, como si me llegara desde algún lugar mucho más allá del recuerdo.
—Sera.
Lo ignoré.
Me obligué a profundizar más, atravesando los fragmentos borrosos y las imágenes rotas que se dispersaban en todas direcciones.
Entonces surgió algo diferente.
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