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Capítulo 784:
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Pero ¿y Kristopher? No parecía preocupado. Su mirada gélida se encontró de frente con la de Reece, completamente imperturbable.
La tensión se cortó cuando Torrie Herrera dio un paso adelante, con paso tranquilo y expresión serena.
—Reece, estamos aquí para celebrar el regreso de la Sra. Campbell a la familia Morrison.
Con una sonrisa ensayada, presentó una caja de regalo elegantemente envuelta.
Reece no se movió para aceptarla. Sin inmutarse, Torrie levantó la tapa ella misma. En el interior había una exquisita caja de música de oro macizo: un piano de cola en miniatura, con una artesanía impecable.
Cada curva y detalle irradiaba opulencia.
Solo el oro pesaba casi medio kilo, pero su verdadero valor residía en la exclusividad de la pieza.
En el momento en que los espectadores lo vieron, un murmullo se extendió por la sala.
Lo reconocieron al instante. Un objeto de colección poco común, no disponible para su compra. Un verdadero tesoro. ¿Su valor estimado? Al menos tres millones.
La voz de Torrie se hizo oír en medio del atónito silencio.
«He oído que la Sra. Campbell se ha unido a la Asociación Musical. Dado que es descendiente de Josh y ahora cuenta con la orientación personal de Kendall, estoy segura de que llevará a la familia Morrison a cotas aún más altas».
A primera vista, sonaba a elogio. Pero el significado subyacente era una presión innegable. Carrie tenía todas las ventajas posibles. Era una Morrison por sangre. Tenía la mejor mentora. Tenía el nombre, la herencia, los recursos. Si fracasaba, si no alcanzaba la grandeza, la culpa recaería únicamente en ella. Un desafío hábilmente velado.
La multitud observaba atentamente, anticipando la reacción de Carrie, esperando un destello de incomodidad o vacilación. Pero antes de que el momento pudiera prolongarse demasiado, la atención se desplazó sutilmente. De vuelta a Aliza y Kristopher.
Un susurro recorrió la sala.
«Me pregunto qué habrá traído Aliza».
La pregunta no se hizo por auténtica curiosidad. Era un cebo, un desafío silencioso destinado a resaltar su inferioridad.
En circunstancias normales, Aliza se habría visto obligada a soportar la humillación en silencio. ¿Pero hoy? Hoy era diferente. Kristopher estaba a su lado. Y su sola presencia bastaba para restaurar la dignidad que una vez había perdido.
Las comisuras de los labios de Aliza se curvaron hacia arriba, en una sonrisa lenta y deliberada. Sin dudarlo, buscó en su bolso de diseño y sacó una pequeña caja. La abrió.
Dentro había un exquisito colgante de piano, una pieza tan impresionante que incluso los más ricos se quedaban sin aliento.
Las teclas del piano estaban incrustadas con diamantes azules y rosas, de corte impecable, que representaban las teclas blancas y negras de un piano de cola.
No se trataba de una simple joya de lujo. Había pertenecido a la familia real de Janfort, una reliquia familiar irremplazable que había sido subastada y posteriormente adquirida por un misterioso magnate por decenas de millones.
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