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Capítulo 260:
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Kristopher se inclinó, sus labios rozaron ligeramente su mejilla antes de detenerse en su oreja. Su aliento era cálido, con un ligero aroma amaderado mezclado con tabaco. —Toca para mí —murmuró, con un tono ronco, que se prolongó en el pequeño espacio entre ellos.
El pulso de Carrie se aceleró. Normalmente, habría rechazado la propuesta, pero la intensidad de su mirada la dejó nerviosa. Dio un paso atrás y puso una mano en su pecho para crear cierta distancia. «¿Qué quieres oír? No soy una virtuosa. Solo conozco las piezas para principiantes… y esa canción de la última vez».
Su referencia al cumpleaños de Melanie hizo que sus labios se torcieran divertidos. «Si alguien te hubiera pedido otra canción esa noche», bromeó, «¿no se habría descubierto tu secreto?».
«Hazte a un lado». Ella le dio un codazo con el pie.
Kristopher retrocedió, observando cómo ella sacaba el banco del piano y se sentaba. Ella lo miró, con una postura erguida, pero con un toque de desafío en los ojos. —Nadie lo hizo —dijo simplemente.
Él se rió entre dientes suavemente, apoyándose casualmente contra la pared junto a ella. —Entonces toca esa.
Carrie pulsó unas notas de prueba, sus dedos vacilantes al principio, pero encontrando rápidamente su ritmo. La melodía fluía suavemente, sus movimientos elegantes y deliberados, como si estuviera actuando para un público invisible.
El suave resplandor de la ventana parecía resaltar sus rasgos, su concentración le daba una cualidad casi etérea.
La mirada de Kristopher vagó, su atención atraída por la postura ligeramente inclinada hacia delante, que llevó sus ojos hacia abajo. Se quedó inmóvil por un momento, una extraña mezcla de culpa e intriga lo invadió.
Rápidamente apartó la mirada, pero su atención volvió a ella, como atraída por una fuerza invisible.
La música terminó, la nota final persistió en el aire. Antes de que ella pudiera levantarse, Kristopher dio un paso adelante. Sin decir palabra, la levantó suavemente y la puso sobre el piano.
Carrie contuvo el aliento, su cuerpo se puso rígido por el pánico mientras trataba de apartar a Kristopher. Sus labios se presionaron firmemente contra los de ella, su lengua separó sus labios con fervor decidido.
Su resistencia solo pareció alimentarlo.
«Aquí no», logró decir ella, con la voz apagada por su beso insistente.
Para Carrie, el piano no era solo un mueble; era una conexión con su abuelo, un símbolo de su pasión y legado. La idea de que su intimidad lo profanara le revolvió el estómago.
Kristopher se apartó lo suficiente para mirarla, con los ojos oscuros y ardientes. —¿Aceptaste hacer el amor conmigo? —Su voz era baja, ronca, llena de deseo.
Antes de que ella pudiera responder, él la tomó en sus brazos sin esfuerzo, sin dejar lugar a protestas. La llevó a su dormitorio.
La habitación era modesta pero acogedora, con pósteres de cómics en las estanterías y sábanas de flores en la cama que olían ligeramente a ropa recién lavada.
Kristopher la dejó en el suelo con cuidado, inclinando su cuerpo sobre el de ella. Ella lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos por la energía nerviosa, los labios ligeramente entreabiertos mientras luchaba por estabilizar la respiración.
Su vulnerabilidad brillaba en la suave luz, una mezcla de miedo y anticipación reacia que la hacía aún más seductora.
Sus pensamientos se aceleraron. ¿Cómo habían llegado a este punto? ¿Cómo habían escalado las cosas tan rápido? Sin embargo, la idea de detenerse ahora le parecía extrañamente insincera.
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