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Capítulo 392:
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Los ojos de Collin ardían de furia, su intención asesina era inconfundible. «¿Dónde está Linsey?». Su voz era gélida, lo suficientemente aterradora como para hacerle sentir un escalofrío recorriendo su espalda. «Si no hablas, morirás».
El miedo inundó los ojos de Fernanda. Al ver la ira en la expresión de Collin, finalmente lo entendió: la mataría sin dudarlo.
Presa del pánico, se debatió entre sus brazos y soltó: «¡Te lo diré! ¡Te lo diré todo!».
Collin aflojó el agarre lo justo para que pudiera hablar.
«Está… Está en la sala 3093, arriba…».
En cuanto pronunció las palabras, Collin la soltó y salió corriendo sin mirar atrás. Fernanda se derrumbó en el suelo, agarrándose la garganta magullada, con lágrimas corriendo por su rostro.
Collin… Era un demonio con forma humana.
Lo vio desaparecer junto a sus hombres, con la presión sofocante de su presencia aún flotando en el aire.
Collin y su equipo llegaron al salón y derribaron la puerta de una patada sin dudarlo. —¡Linsey!
En cuanto entraron, un aroma intenso y abrumador inundó el aire.
La expresión de Collin se ensombreció. El aroma tenía un efecto afrodisíaco. Se dio cuenta de lo que había pasado como un rayo. No era de extrañar que Fernanda hubiera dicho aquellas cosas.
Habían drogado a Linsey. Era una trampa.
El pánico le oprimía el pecho.
Empujando hacia delante, recorrió la habitación con la mirada y se quedó paralizado. Una gran mancha de sangre cerca del sofá le llamó la atención.
El corazón le latía con fuerza.
—¡Linsey!
Su voz frenética resonó en la habitación mientras su mirada se movía desesperadamente de un lado a otro.
El miedo que le oprimía el pecho era insoportable.
Un sonido débil llegó desde una dirección. Collin se giró bruscamente y corrió hacia el baño. Allí, acurrucada en una esquina, estaba Linsey.
—¡Linsey! —Se le cortó la respiración y el corazón se le encogió al verla. Se acercó a ella y se agachó a su lado, con la mirada fija en su temblorosa figura.
Sangre, mucha sangre. Su ropa estaba manchada y, lo que era peor, aún goteaba sangre fresca de su mano, que se aferraba con fuerza al mango de un cuchillo.
Un olor metálico llenó el aire, provocándole una oleada de pánico. Sus dedos temblaron cuando extendió la mano y la posó sobre el hombro de ella.
En cuanto sintió su contacto, Linsey se estremeció violentamente.
—¡Suéltame! ¡No me toques! —Su voz era áspera, teñida de terror, y todo su cuerpo se encogió instintivamente.
Collin sintió como si mil agujas le atravesaran la garganta. Respiró hondo y habló con voz suave pero firme. —Linsey, soy yo. Estoy aquí.
Al oír esto, Linsey, que había estado luchando con tanta desesperación, se quedó paralizada de repente.
Lentamente, levantó la cabeza y clavó sus ojos rojos y llenos de lágrimas en los de él. —¿Collin? —Titubeó, con la mirada aturdida, como si no pudiera creer lo que veía.
Pero en cuanto asimiló la realidad, dejó caer el cuchillo y se arrojó a los brazos de Collin, sollozando desconsoladamente.
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