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Capítulo 961:
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Apretó los dientes, obligándose a permanecer consciente.
No podía rendirse, su hijo la estaba esperando…
Tenía que sobrevivir.
Reuniendo todas sus fuerzas, se tambaleó hasta una ventana y golpeó con los puños contra el cristal.
No se movió.
«¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!».
Golpeó una y otra vez, los fragmentos le cortaban la piel y la sangre le corría por los brazos. Pero no sentía el dolor. La desesperanza le oprimía el pecho.
«Se acabó… se acabó de verdad…».
El cuerpo de Charlee se deslizó débilmente hasta el suelo y se desplomó contra la esquina de la pared mientras jadeaba en busca de aire.
Mientras tanto, Fenton permanecía paralizado en el coche, con el pulso latiendo como un tambor de guerra. Su mirada estaba fija en el infierno que engullía la fábrica.
¡No podía quedarse allí sentado viendo cómo se quemaba viva!
Pero no podía volver. No podía arriesgarse a revelar su identidad.
Lo único que podía hacer era esperar que alguien llegara a tiempo para salvar a Charlee.
—¡Es… es el coche del señor Harris!
Fenton contuvo el aliento al ver el elegante sedán negro que se dirigía a toda velocidad hacia la fábrica como una bala.
¡Era el coche de Marc!
Una oleada de esperanza lo invadió.
Solo necesitaba que Marc llegara más rápido.
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Los neumáticos chirriaron cuando el sedán derrapó y se detuvo. Antes de que el coche se detuviera por completo, Marc abrió la puerta y salió corriendo. Marc sentía que le oprimían el corazón, casi asfixiándolo mientras contemplaba el edificio en llamas.
—¡Charlee! ¡Charlee!
La voz de Marc rasgó la noche, cruda y temblorosa por el miedo que no podía reprimir.
No sabía con certeza si Charlee estaba dentro, pero todos sus instintos le gritaban que sí.
—¡Charlee! ¿Dónde estás? ¡Por favor, respóndeme!
Su grito desesperado resonó en los terrenos vacíos de la fábrica. Sin embargo, nadie le respondió.
Se le revolvió el estómago y el miedo se apoderó de él con cada segundo que pasaba.
Frenético, corrió alrededor del perímetro, buscando una forma de entrar. De repente, sus ojos se posaron en una sección cerrada de la fábrica, desde donde podía oír débiles gritos de auxilio.
«Ayuda… Por favor… Ayúdame…».
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