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Capítulo 958:
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Por fin, se detuvo frente a ella.
Levantó la vara y la apuntó directamente a Charlee.
La tensión en el aire era sofocante. Nadie se atrevía a respirar, esperando lo inevitable.
—¡Estás acabada, miserable desgraciada! —rugió Fenton, bajando la vara con fuerza.
—¡Ah…! —Charlee lanzó un grito desgarrador y su cuerpo se desplomó hacia atrás.
Pero el golpe nunca llegó a impactar.
En el último momento, Fenton desvió el golpe y estrelló la vara contra el suelo junto a ella. —¡Bang!
El impacto levantó una nube de polvo y el sonido agudo resonó en la habitación como un disparo.
Todos se quedaron paralizados, atónitos: nadie esperaba que se contuviera.
—Tú…
Los ojos del hombre enmascarado brillaron con incredulidad.
La voz de Fenton tembló. —No puedo hacerlo…
Fingiendo miedo, balbuceó: —Tengo miedo… Podría matarla… Su cuerpo volvió a temblar.
Pero lo sabía: no tenía más remedio que seguirles el juego para salvar a Charlee.
Levantó de nuevo la barra y la bajó hacia Charlee. Esta vez, la barra no falló.
El grito de Charlee resonó, crudo y desgarrador. El impacto la lanzó por los aires y su cuerpo se estrelló contra el suelo con un ruido sordo y repugnante.
—¡Señorita Sullivan! —jadeó Fenton, sin esperar haberla golpeado realmente.
Se abalanzó hacia ella para ayudarla.
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—¡No la toques!
La fría voz del hombre enmascarado cortó el momento. —Fenton, bien hecho. Ahora, sigue, ¡golpéala más fuerte! Quería que matara a Charlee con sus propias manos.
Fenton se quedó paralizado, atrapado en las garras de su propio tormento.
—Fenton… hazlo. —La voz de Charlee era débil, quebrada. «Golpéame. No pares…».
«¡Miserable! ¡Muere!», rugió Fenton, bajando la barra con fuerza.
«¡Ah…!», gritó Charlee de nuevo, retorciéndose bajo los golpes. Pero Fenton era preciso: solo golpeaba donde no causaría daños mortales.
Los golpes eran lo suficientemente convincentes como para engañar a sus captores.
Pero utilizó una técnica cuidadosa para protegerla de daños reales.
Charlee siguió el juego, y sus gritos de agonía resonaron por toda la fábrica.
Hacían temblar a quienes los escuchaban.
El hombre enmascarado observaba con satisfacción en sus ojos.
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