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Capítulo 945:
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Justo cuando estaba a punto de entrar en el coche, la voz de Marc resonó detrás de ella. —Charlee.
El cuerpo de Charlee se tensó. Luego, lentamente, se volvió hacia Marc.
La luz del sol detrás de él alargaba su sombra sobre el pavimento.
Su rostro mostraba un destello de algo inexplicable.
«¿Necesitas algo?», preguntó ella con voz fría y distante.
Marc abrió los labios como para hablar, pero al principio no le salieron las palabras. Tras una breve pausa, finalmente preguntó: «¿Acaso… has malinterpretado algo?».
Charlee soltó una risa aguda y sin humor. «¿Malinterpretado? Sr. Harris, si ha venido aquí para culparme, no se moleste. Siempre he actuado con honestidad. No le debo una explicación a nadie». Mientras hablaba, lo miró fijamente, con los ojos brillantes de desdén.
«Si no me cree, adelante. Confíe en su prometida. Nos vamos a divorciar pronto, ¿no?».
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se subió al coche.
La puerta se cerró con un golpe seco, impidiéndoles verse. Marc se quedó clavado en el sitio, viendo cómo se alejaba el sedán negro. Una sensación de confusión se apoderó de él como si fuera niebla.
No sabía qué creer.
Quería confiar en Charlee. De verdad. Pero las palabras de Andrew seguían alimentando sus dudas.
Mooney arrancó el coche y se alejó lentamente de la clínica.
En el interior, el silencio era sepulcral.
Charlee estaba sentada con los ojos cerrados y la espalda apoyada en el asiento. Su rostro estaba pálido y era imposible no notar el cansancio en su expresión.
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Mooney miró a Charlee por el espejo retrovisor y estudió su expresión en silencio. Parecía agotada, distante. Supuso que debía de sentirse muy mal.
Después de todo, Marc no era cualquier persona. Era un hombre al que ella había amado profundamente.
Pero ahora…
—Mooney —dijo Charlee de repente, con voz baja y ronca.
—Sí, señora Sullivan —respondió él rápidamente.
—Busque a otra persona para mí —continuó ella. Su tono era tranquilo pero firme, sin dejar lugar a dudas.
—¿Quién?
—Nigel Gómez.
—¿Nigel Gómez? —Mooney parpadeó, tomado por sorpresa.
—Ya me ha oído —respondió Charlee con voz cansada—. Y que nadie se entere.
—Entendido, señora Sullivan —dijo Mooney sin perder el ritmo, aunque la curiosidad le picaba.
El coche avanzó a toda velocidad por las tranquilas calles y pronto se detuvo en la entrada de la villa Crescent Haven. La villa estaba en silencio.
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