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Capítulo 926:
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«Estoy bien, Arnold», le aseguró Charlee, aunque su mente aún estaba confusa. «Gracias».
Arnold era el confidente más fiel de Amaya, fiable y discreto.
«Sra. Sullivan, ¿qué piensa hacer ahora?», le preguntó.
Charlee se detuvo y pensó por un momento. Luego, lo miró a los ojos con tranquila determinación. «Arnold, que esto quede entre nosotros. No se lo digas a nadie, todavía no».
La comprensión se reflejó en sus ojos mientras asentía con la cabeza. «Por supuesto».
Miró la hora: ya se estaba haciendo de noche.
«Me gustaría quedarme en la mansión de los Harris esta noche. Quiero pasar un rato con Amaya», dijo Charlee.
«Me encargaré de ello», respondió Arnold, inclinándose ligeramente antes de marcharse.
Charlee exhaló suavemente y regresó al salón principal.
En cuanto entró, sus ojos se posaron en Marc. Estaba recostado en el sofá, absorto en una tableta.
En cuanto la oyó acercarse, levantó la vista y la miró fijamente. —¿Dónde has ido? La voz de Marc era tranquila, con un inconfundible tono de preocupación.
Charlee se hundió en el sofá frente a él. —Solo he salido a dar un paseo —respondió con ligereza.
No podía permitir que Marc descubriera que había estado en el sótano, y mucho menos que había visto aquellos documentos. La mirada de Marc se posó en ella, aguda e inquisitiva, como si intentara descifrar algo en su rostro. Pero Charlee mantuvo la compostura, con una expresión tan impasible e impenetrable como el agua en calma.
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El vestíbulo estaba sumido en un silencio solo roto por el tictac constante del reloj de pared. Tras una larga pausa, Marc dejó el periódico que tenía en las manos y finalmente habló, con voz baja y pausada. —La abuela no se encuentra muy bien últimamente.
Había un ligero tono de preocupación en su voz, casi imperceptible, pero Charlee lo captó. Su corazón se estremeció ligeramente. Incluso sin sus recuerdos, Marc seguía preocupándose por Amaya. Eso era innegable.
—Sí —respondió Charlee en voz baja.
Marc la observó, con expresión conflictiva, como si tuviera algo que decir pero no encontrara las palabras adecuadas. Tras una breve vacilación, exhaló y murmuró: —Quizá…
deberíamos posponer el divorcio por un tiempo. ¿Qué te parece?».
Charlee levantó los ojos hacia él. Su mirada era indescifrable, llena de emociones que ella no lograba identificar. Su corazón dio un vuelco. Sabía que no se trataba de ella. Era por el bien de Amaya. Él no quería que su abuela se preocupara por su divorcio mientras estaba enferma.
—De acuerdo —respondió Charlee con voz firme y sin dejar traslucir nada en su expresión. Para ella, ya no importaba si se divorciaban ahora o más adelante.
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