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Capítulo 824:
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Charlee frunció aún más el ceño, su paciencia se agotaba con la interrupción. Ella respondió a su mirada ardiente con la más fría de las miradas, un leve rastro de desdén brillando detrás de sus ojos.
Jax siempre era así: impulsivo, rápido para atacar sin pensar, incapaz de distinguir entre el bien y el mal.
—Señor Harris, ¿necesita algo?
Su voz era como un muro helado, desprovista del más mínimo rastro de cortesía.
—¿Que si necesito algo? —se burló Jax, curvando los labios con incredulidad—. ¿Tienes el descaro de preguntarme eso? ¿Después de todo lo que le hiciste a mi madre, sigues actuando como si nada hubiera pasado?
Charlee se puso de pie, su alta figura proyectando una sombra sobre Jax mientras lo miraba con una mirada aguda e inquebrantable.
—Jax, te sugiero que controles a tu madre. Si se atreve a causar problemas de nuevo, no dudaré en ocuparme de ella… con dureza.
—Tú… —La furia de Jax alcanzó su punto álgido. Su pecho se agitaba violentamente y su cuerpo temblaba por el esfuerzo de contenerse, como si estuviera a punto de abalanzarse sobre ella.
Pero Charlee permaneció impasible, imperturbable. Le lanzó una última mirada gélida, luego recogió los papeles de su escritorio y salió, dejando a Jax allí de pie, hirviendo de rabia.
—¡Charlee! ¡Detente!
La voz de Jax resonó, un eco de furia en la oficina vacía, pero Charlee no vaciló en su paso.
Furioso, golpeó el escritorio con el puño con tanta fuerza que el sonido resonó en toda la habitación.
Los papeles se esparcieron en todas direcciones, reflejando el caos que se arremolinaba en su interior.
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Mientras tanto, Lorelei entró a trompicones en la villa de la familia Jensen, con los tacones altos torcidos de forma extraña, delatando la frenética urgencia de sus movimientos.
—¡Shane! ¡Shane!
Irrumpió por la puerta, con la voz aguda y llena de pánico. Shane estaba sentado en el salón, hojeando tranquilamente unos documentos, pero al oír los gritos estridentes de Lorelei, frunció el ceño instintivamente y levantó la vista.
Lorelei, ¿qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?».
Lorelei le agarró del brazo con fuerza, con los dedos temblorosos.
«Shane, dime, Marc… ¿no ha muerto?».
El corazón de Shane se hundió al percibir el tono crudo y desesperado de su voz.
Evitó su mirada inquisitiva y eligió cuidadosamente las palabras.
«Cálmate, Lorelei. Por favor, siéntate y hablemos».
Pero Lorelei no tenía tiempo para su calma. Sus ojos ardían con intensidad mientras se mantenía firme.
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