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Capítulo 757:
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Charlee se apoyó en una viga oxidada, con el corazón aún latiendo con fuerza en su pecho y la mente llena de preguntas.
El silencio los oprimía, denso y sofocante.
Entonces, desde fuera, se oyó el inconfundible sonido de pasos apresurados, agudos e implacables.
Fenton se quedó con el rostro desencajado y el cuerpo tenso ante la inminente fatalidad.
—¡Ya están aquí! —Su voz estaba llena de una desesperación casi palpable.
Charlee apretó la mandíbula, la frustración y el miedo se combinaron en un nudo de hierro en su pecho.
—¡Tenemos que encontrar una salida! —insistió, endureciendo la voz.
Fenton se volvió hacia ella, con los ojos iluminados por un destello de esperanza.
—¿Tiene un plan, señorita Sullivan?
Los ojos de Charlee recorrieron el almacén, buscando cualquier salida, sus pensamientos se movían tan rápido como el pulso acelerado en su cuello.
Y entonces, algo llamó su atención: una pequeña ventana en lo alto de una esquina del almacén.
—¡Por esa ventana!
Charlee señaló con el dedo, apuntando a la pequeña ventana cubierta de polvo que se encontraba en la esquina, como si fuera un añadido de última hora.
Los ojos de Fenton brillaron, encendiéndose como si hubiera encontrado un salvavidas en la oscuridad.
—¡De acuerdo!
En un santiamén, corrieron hacia la ventana. Fenton empujó con todas sus fuerzas, pero la ventana se negaba a moverse: estaba bien cerrada.
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—¡Maldita sea! —murmuró Fenton, mirando alrededor de la habitación como un animal atrapado en busca de una salida.
Charlee metió la mano en el bolso y sacó un cuchillo compacto, su compañero inseparable, forjado para momentos como este.
Con la precisión de un cirujano, introdujo la hoja del cuchillo en la cerradura.
Un suave clic resonó en la habitación en silencio.
—¡Ya está! —susurró Charlee, con voz triunfante.
Abrieron la ventana con cuidado y una ráfaga de aire fresco y terroso inundó la habitación, como si la propia naturaleza les diera la bienvenida.
Charlee se asomó al exterior, escudriñando con la mirada el tranquilo callejón, donde no se movía ni un alma.
—¡Vamos!
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