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Capítulo 666:
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Abrumada por la alegría, Amaya repetía las palabras como un mantra, con el rostro iluminado por una nueva esperanza.
Charlee se separó suavemente del abrazo, se secó las lágrimas y se inclinó para susurrar: «Por favor, no se lo digas a nadie todavía. Ahora no».
Amaya dudó, pero luego asintió con la cabeza en señal de comprensión. «Está bien. No diré ni una palabra. ¡Esperaré a que mi bisnieto llegue sano y salvo!».
La emoción de Amaya, templada por su sabiduría, reconocía las complicaciones que rodeaban al Grupo Harris. No era el momento de que esa noticia llegara a oídos indiscretos.
Charlee apretó la mano de Amaya, con determinación. —Protegeré a este niño… y también protegeré al Grupo Harris.
La mirada de Amaya se suavizó al mirar a Charlee con afecto maternal, y su voz rebosaba consuelo y fe. —Buena chica. Confío plenamente en ti.
Amaya puso su mano suavemente sobre el vientre de Charlee y su rostro se iluminó de felicidad. —Marc, ¿oyes eso? ¡Vas a ser padre! ¡Debes volver con nosotros sano y salvo!
En ese momento, Arnold entró con un plato humeante de sopa de pollo. Al ver el nuevo brillo de Amaya, sonrió cálidamente. —Señora Harris, hoy parece mucho más alegre.
Amaya asintió con alegría, con una sonrisa inquebrantable. —Sí, ¡hoy es un buen día!
Amaya tomó el plato de sopa y comenzó a dar de comer a Charlee, tratándola como si fuera su propia nieta.
—Charlee, debes comer bien. Tienes que mantenerte fuerte y sana para que el bebé también lo esté.
Charlee obedeció y comió la sopa, sintiendo el calor del cariño de Amaya penetrar en su corazón.
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Habían pasado tres años desde entonces. El tiempo, siempre escultor del cambio, había dejado su huella en Charlee.
Antes radiante de confianza y encanto, ahora se comportaba con una intensidad gélida. Su mirada aguda y decidida insinuaba las batallas libradas y la armadura que se había forjado para soportarlas.
La feroz competencia en el mundo de los negocios había convertido a Charlee en una líder decidida y fuerte. Bajo su dirección, el Grupo Harris no solo había sobrevivido, sino que había prosperado.
Marc, que en otro tiempo había sido una figura brillante, se había desvanecido poco a poco en el olvido, como si nunca hubiera existido. Su desaparición en el mar seguía siendo un misterio, al igual que la de Fenton, que también había desaparecido sin dejar rastro.
—Señorita Sullivan, ha llamado la señora Amaya Harris. Desea que usted y el señor Harris la acompañen a cenar en la mansión esta noche —informó Mooney, el asistente, con respeto.
Charlee, absorta en sus documentos, se detuvo brevemente y fijó la mirada en una serie de fríos números.
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