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Capítulo 446:
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Al final del pasillo, una esbelta figura se movía con una gracia silenciosa, acercándose con cada paso.
Lorelei, vestida con un vestido amarillo pálido que parecía capturar la luz misma de la habitación, se acercó con el rostro radiante, casi etéreo.
Pero cuando los ojos de Marc se encontraron con los de ella, su expresión se endureció como el hielo bajo el frío del invierno. —¿Qué haces aquí? —preguntó.
Lorelei, mordiéndose el labio en un momento de vacilación, habló en voz baja. —Marc, he oído que tu abuela ha sido operada. He venido a verla.
La voz de Marc cortó sus palabras como una navaja. —Ahora que la has visto, puedes marcharte.
Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, y su voz denotaba una frágil vulnerabilidad. «Marc, sé que estás enfadado conmigo, pero…».
«No estoy enfadado», dijo Marc con tono seco, con la mirada tan fría como un mar tempestuoso. «Simplemente no quiero volver a verte».
Sin mirarla, se dio media vuelta, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto irrespirable por su presencia. «Vete a casa. No te queremos aquí».
El rostro de Lorelei se quedó sin color y su corazón se hundió con el peso del rechazo.
Mientras tanto, en una villa aislada en las afueras…
—¡La operación ha sido un éxito! —El asistente entró corriendo en el estudio, sin aliento, casi tropezando con las palabras.
Terrence, levantándose de su sillón de cuero como un depredador perturbado en su guarida, dejó caer el bolígrafo que tenía en la mano al suelo. Ignoró el suave golpe que este produjo al caer sobre la alfombra, absorto en la gravedad de la noticia, que lo sumía en un torbellino de frustración. —¿Qué acaba de decir?
El asistente, apenas capaz de mantener la compostura, balbuceó: —Señor, la operación de la señora Amaya Harris ha sido un éxito.
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El rostro de Terrence se ensombreció y nubes se acumularon en el horizonte de su mente. Comenzó a caminar de un lado a otro, con los pensamientos enredados.
Había preparado el escenario con precisión, orquestando cada detalle de su plan, pero ahora, justo cuando la victoria parecía estar al alcance de la mano, Amaya había sobrevivido.
Si se recuperaba por completo, las consecuencias serían desastrosas.
Una ola de inquietud lo invadió, y el aire se llenó del olor del fracaso.
De repente, se detuvo y se giró para enfrentarse al asistente. Extendió la mano y lo agarró por el cuello. —¿Está completamente seguro? ¿La información es fiable?
El asistente, temblando, apenas podía articular palabra. —Sí, señor. Proviene del interior del hospital, es totalmente fiable.
Terrence soltó su agarre y sintió que se le encogía el corazón. El asistente se derrumbó en el suelo, con el rostro pálido. Necesitaba un nuevo plan, y rápido.
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