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Capítulo 258:
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A medida que el precio de las acciones del Grupo Sullivan seguía cayendo en picado, el valor de sus acciones disminuía aún más.
Aferrarse a ellas significaba arriesgarse a perderlo todo.
«Estoy dispuesto a vender mis acciones», dijo un accionista.
Tras él, un segundo y luego un tercero expresaron rápidamente la misma decisión.
Los accionistas se apresuraron a hacer cola para vender sus acciones, temerosos de perder la última oportunidad de recuperar algo.
Keith y Stacey observaban impotentes el cambio, con el rostro pálido como la cera.
«¡Shane Jensen!», Keith recordó de repente su posible salvación. Con las manos temblorosas, llamó a Shane, casi gritando: «Shane, ¿dónde está el dinero que me prometiste?».
Exageró la gravedad de la foto escandalosa, intentando coaccionar a Shane.
«Si no intervienes, publicaré la foto».
Stacey también gritó: «Shane, no puedes abandonarnos ahora. Liam y yo te estaremos eternamente agradecidos».
La respuesta de Shane fue fría, como una ráfaga helada procedente de las profundidades. «Solo espero que esa foto permanezca oculta para siempre».
«¡O de lo contrario, lo pagaréis con vuestras vidas!». La voz de Shane se agudizó inesperadamente. «¿Orquestaste el atentado contra la vida de Nadia?». Un miedo repentino se apoderó de Stacey, dejándola pálida.
Cerró la boca con fuerza, demasiado asustada para responder.
Confesar significaría enfrentarse a la cárcel, un resultado insoportable. Decidió retrasar la respuesta, esperando alguna intervención inesperada. El edificio del Grupo Sullivan, que en su día fue un símbolo imponente del éxito, ahora proyectaba una sombra de decadencia, con un ambiente cargado de deterioro.
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Charlee entró en el vestíbulo del Grupo Sullivan, vestida con un impecable traje negro y zapatos de tacón. Su cabello castaño caía elegantemente sobre sus hombros, sus labios eran de un rojo intenso y sus ojos, tan incisivos como dagas, dominaban la sala.
En ese momento, se erigía como la líder indiscutible del Grupo Sullivan.
Fenton la seguía de cerca, llevando documentos, con el rostro sereno mientras observaba atentamente los alrededores.
Aunque Marc no estaba presente, su cuidadosa planificación era evidente, otorgando a Charlee la autonomía y el mando necesarios en esta coyuntura.
Keith apareció, desaliñado y desesperado, como un espíritu perdido.
«¡Charlee! ¡Traidora despiadada! ¡Cómo te atreves a aprovecharte de nuestra caída!», gritó con los ojos rojos y salvajes, casi salvajes en su desesperación.
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