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Capítulo 238:
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Tras colgar, una sonrisa siniestra se dibujó en sus labios.
«¡Charlee, ya verás! Cuando te hayas ido, los activos que tienes en tus manos volverán a la familia Sullivan», murmuró para sí misma.
La noche transcurría lentamente mientras Charlee charlaba unos momentos con Marc y luego se alejaba para mezclarse con los demás invitados. En ese momento, el teléfono de Marc vibró. Era una llamada inesperada de un tío, que en su día había sido un formidable rival en las luchas internas de la familia.
—Marc, parece que últimamente te has vuelto muy aventurero —comentó su tío con voz irónica—. Debe de ser muy emocionante ocultar tu identidad y jugar con las mujeres, ¿verdad?
La expresión de Marc se volvió dura. —¿Qué quieres?
Su tío se rió con sarcasmo. —Solo me intriga la mujer que ha cautivado por completo al heredero de los Harris.
Una ola de incomodidad invadió a Marc.
Advirtió: —Ten cuidado o te arrepentirás.
Cortó la llamada bruscamente y buscó a Charlee entre la multitud, avanzando hacia ella con paso decidido.
Antes de que pudiera alcanzarla, otra figura fue más rápida y se abalanzó sobre Charlee a una velocidad alarmante.
De repente, el destello de una daga atravesó el aire, apuntando directamente a ella.
Nadia, siempre protectora, se lanzó delante de Charlee, interceptando el ataque.
El horrible sonido de la hoja hundiéndose en la carne fue inconfundible entre el ruido de la multitud.
Nadia ahogó un gemido y la sangre se extendió por su blusa.
El pánico se apoderó de todos al instante.
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La gente gritaba y se dispersaba, tratando de escapar del caos que se había desatado a su alrededor.
Marc se concentró aún más al enfrentarse al agresor.
El asaltante, claramente bien preparado, se soltó rápidamente y huyó por una ventana.
Preocupado por el bienestar de Charlee, Marc dio rápidamente instrucciones a su equipo de seguridad: «¡Perseguidlo! ¡No dejéis que se escape!».
Stacey se sentó nerviosa, esperando noticias.
El ambiente dentro del coche estaba cargado de tensión.
Entonces, los sonidos del caos del recinto llegaron hasta ella, mezclados con gritos y alaridos lejanos.
Una chispa de satisfacción apareció en los ojos de Stacey, y sus labios se curvaron en una fugaz y fría sonrisa.
«¡Muévete!», ordenó Stacey al conductor con brusquedad. «¡Asegúrate de que no nos sigan!».
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