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Capítulo 174:
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Siguiendo sus órdenes, Corrie fue escoltada al interior.
Tenía un aspecto demacrado y sus ojos se movían nerviosamente. Al ver a Stacey, una mirada de animadversión se encendió brevemente en sus ojos.
—Corrie Haywood, di la verdad. ¿Quién te ordenó sabotear el coche de Alexia? —preguntó el agente.
Tras un momento de reflexión, Corrie respiró hondo y respondió: —Fue Stac…
—¡Ah! —gritó Stacey de repente, interrumpiendo a Corrie.
Con un movimiento rápido, agarró un jarrón de una mesa cercana y lo estrelló contra el suelo, esparciendo fragmentos por todas partes.
Todos se sobresaltaron por su repentino arrebato.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Stacey se agachó, cogió un fragmento afilado y se lo clavó en la muñeca.
—¡Quieta! —gritó un agente, lanzándose hacia ella para intervenir.
La sangre escarlata goteaba del brazo de Stacey, una visión espantosa. Se desplomó en el suelo, gimiendo como si le estuvieran arrancando el alma, como si toda la realidad la hubiera abandonado.
«Yo no… Yo no le hice daño a nadie… Yo no le dije que lo hiciera… Ella me tendió una trampa… Estoy aterrorizada… Me duele mucho…», balbuceó entre sollozos, con todo el cuerpo temblando incontrolablemente, como si estuviera a punto de desmayarse.
Los agentes intercambiaron miradas inquietas, sin saber cómo proceder, y decidieron llamar a una ambulancia.
Al poco tiempo, llegó el vehículo de emergencia, con la sirena resonando en el aire. Tras una rápida evaluación, los paramédicos determinaron: «Está sufriendo un colapso emocional agudo. Su estado mental es muy inestable. Es necesario hospitalizarla».
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A regañadientes, los agentes permitieron que el personal médico se llevara a Stacey. Mientras la colocaban en la camilla, su mirada recorrió la multitud y finalmente se posó en Corrie.
Sus labios se curvaron en una sonrisa siniestra y silenciosa, y sus ojos brillaron con amenaza y triunfo.
Corrie contuvo el aliento y su tez perdió todo su color.
Reconoció la actuación de Stacey, pero se sintió impotente para desenmascararla.
Por primera vez, Corrie comprendió lo profundamente inquietante que era Stacey en realidad.
Una vez en el hospital, la noticia se extendió rápidamente por toda la familia Sullivan.
El olor a antiséptico en la austera habitación blanca era abrumador. Stacey yacía inmóvil en la cama, con el rostro pálido como un fantasma y el brazo envuelto en gruesos vendajes, como una delicada flor golpeada por tormentas implacables.
Hannah se sentó cerca, acariciando suavemente el cabello de Stacey, con los ojos llenos de lágrimas y rebosantes de preocupación. «¿Por qué, Stacey? ¿Por qué has hecho algo tan imprudente? ¿Por qué no acudiste a mí cuando necesitabas ayuda?».
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