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Capítulo 108:
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Keith volvió a perder los estribos y dio una patada a una papelera. «Averigua quién lo ha filtrado. ¡Quiero respuestas ahora mismo!».
Se detuvo y se giró para mirar con ira a la secretaria. Su voz era gélida. «¿Dónde está Charlee? ¿Qué excusa tiene esta vez? ¡Dímelo!».
El secretario dudó antes de responder. —Lo he comprobado con Recursos Humanos. Se ha tomado el día libre.
—¿Se ha tomado el día libre? —La furia de Keith se desató—. ¿Ha elegido este momento para desaparecer? ¡Increíble!
En una acogedora cafetería, la suave luz bañaba el rostro de Charlee con un cálido resplandor. Removió perezosamente su café, y sus labios esbozaron una leve sonrisa divertida mientras sus ojos brillaban con indiferencia.
El tranquilo murmullo de la cafetería se vio interrumpido bruscamente por el agudo trino de un teléfono que sonaba. Charlee se detuvo en seco y dejó la cuchara sobre la mesa deliberadamente mientras el sonido llenaba el aire.
Su mirada se desvió hacia la pantalla. Al ver el nombre de Keith, esbozó una leve sonrisa.
—Hablando del rey de Roma.
Ignoró el persistente timbre y levantó la taza para dar un sorbo lento.
La amargura se extendió por su lengua.
El teléfono siguió sonando, insistente y estridente.
Nadia la miró, levantando una ceja. —¿No vas a contestar? Es tu padre, ¿no?
Charlee volvió a dejar la taza sobre la mesa, con tono desdeñoso. —Que llame hasta que se le agote la batería.
Nadia se rió entre dientes, sacudiendo la cabeza. —¿No te preocupa que se enfade? ¿O que incluso se derrumbe por el estrés?
Charlee soltó una risa suave, con expresión severa. —Si tuviera sentido común, no seguiría traspasando los míos.
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Al final, el teléfono dejó de sonar. Charlee lo cogió con indiferencia y miró la pantalla como si sintiera una leve curiosidad.
Efectivamente, las llamadas habían cesado.
Sin dudarlo, volvió a meter el teléfono en el bolso y se estiró con tranquilidad. —Vamos. Tengo cosas que hacer.
Nadia también se levantó y la siguió.
—Adiós, adicta al trabajo —bromeó Nadia con una sonrisa juguetona mientras la despedía con la mano.
—Hasta pronto —respondió Charlee con una risa.
Mientras tanto, en la oficina ejecutiva del Grupo Sullivan, la tensión llenaba la habitación como una nube tormentosa.
Hirviendo de ira, Keith lanzó su teléfono sobre la mesa con tanta fuerza que la pantalla se rompió.
Apretó la mandíbula y gruñó entre dientes: «Charlee. Te arrepentirás de esto».
La secretaria permaneció clavada en el sitio, sin atreverse apenas a respirar, temerosa de que cualquier movimiento pudiera atraer la ira de Keith.
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