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Capítulo 1065:
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Jax apretó con fuerza el nervio artificial sellado, sintiendo una profunda inquietud en las entrañas.
Algo en este trato no le cuadraba.
Bettina y Philip no eran del tipo que le ayudarían a acabar con Marc por generosidad.
Tenía que haber trampa.
Wilma, sentada a su lado, captó su expresión preocupada y dejó escapar un suspiro impaciente.
—Deja de darle vueltas. Por fin tenemos la oportunidad de acabar con Marc para siempre, no podemos dejarla escapar. ¿O es que piensas vivir bajo su yugo para siempre?
Jax apretó los puños hasta que se le pusieron blancos los nudillos, con el pecho ardiendo por la rabia que apenas podía contener.
No. No estaba dispuesto a seguir atrapado por más tiempo.
Había aguantado demasiado durante demasiado tiempo.
Se volvió hacia Wilma con voz firme. —Tienes razón. No podemos dejar pasar esta oportunidad.
Aunque eso suponga correr un riesgo.
Un destello de satisfacción brilló en los ojos de Wilma.
Había esperado demasiado tiempo este momento.
Una vez que Jax se convirtiera en director general, ella ascendería junto a él y se ganaría el respeto que siempre había anhelado.
Entonces, aplastaría a todos los que alguna vez la habían menospreciado.
Jax sacó su teléfono y hizo una llamada.
«Hola, soy Jax. Arma un poco de lío en la empresa. Que sea lo suficientemente grande como para llamar la atención de Charlee».
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Al otro lado de la línea estaba un antiguo accionista del Grupo Harris y uno de los aliados más antiguos de Jax. Dudó.
«Jax, esto no será fácil. Charlee es muy lista. ¿Y si se da cuenta?».
Jax lo interrumpió. «Hazlo y me aseguraré de que consigas lo que te prometí».
«Está bien, de acuerdo».
El accionista apretó los dientes antes de aceptar a regañadientes.
Tras colgar, Jax arrancó el motor.
Una hora más tarde, llegaron a la clínica.
Después de preguntar por allí, confirmaron que Charlee no estaba.
—Parece que nuestro amigo ha hecho bien su trabajo —dijo Wilma, sin poder ocultar su emoción.
Jax asintió.
—Vamos rápido.
Entraron corriendo en la clínica.
El silencio era inquietante. No había nadie en recepción y los pasillos se extendían ante ellos, vacíos y hostiles.
Era como si el destino mismo les hubiera despejado el camino.
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