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Capítulo 1035:
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De vuelta en la Clínica Psicológica Aelbush, el Dr. Braxton había hablado con tanta confianza, afirmando que Bettina organizaría una cirugía para extirpar el coágulo de sangre de Marc.
Pero justo ahora, este médico había dicho que si Marc se hubiera sometido a la cirugía tres años atrás, su estado actual no habría empeorado.
Lo que significaba que… Bettina no había permitido que se realizara la cirugía tres años atrás.
¿Y ahora, tres años después, de repente decidía organizar una operación para Marc?
Algo no cuadraba.
¿Qué estaba planeando exactamente Bettina?
Marc estaba sentado en la cama del hospital, con la mirada fija en la puerta, sin pestañear, como si deseara que apareciera una respuesta.
Cuando Charlee regresó, su rostro estaba nublado por la inquietud, con el ceño fruncido de una forma que delataba su preocupación.
—¿Qué ha pasado? —preguntó él con voz tensa.
Charlee le miró a los ojos, pero por dentro sus emociones se agitaban como una tormenta.
Abrió los labios, pero durante un instante no dijo nada.
Tras un largo silencio, se obligó a hablar, eligiendo la sinceridad en lugar de la vacilación.
Al escuchar la verdad sobre su situación, Marc no se inmutó. No vaciló. Su decisión fue instantánea. «Quiero operarme».
Durante el tiempo que había pasado con Charlee, se había familiarizado cada vez más con su presencia, una conexión inexplicable que lo unía a ella. Sin embargo, por más que lo intentara, el pasado seguía siendo un vacío impenetrable.
Aun así, anhelaba recuperar sus recuerdos, reconstruir los fragmentos del hombre que había sido.
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Las palabras de Marc le oprimieron el corazón a Charlee, que sintió que se le cortaba la respiración. Buscó en sus ojos decididos, pero la duda se apoderó de su determinación. La operación era una apuesta arriesgada. Solo había un cuarenta por ciento de posibilidades de éxito.
¿Y si fallaba?
La idea era insoportable. Su peso amenazaba con aplastarla.
Marc pareció percibir la confusión que se agitaba en su interior.
Le tomó la mano y la rodeó con sus dedos cálidos y firmes. —No tengas miedo. Confío en ti.
Aunque había perdido la memoria, una verdad seguía siendo innegable: Charlee lo quería profundamente.
Y, sin embargo, algo en su interior le decía que Charlee no era una mujer propensa a las dudas.
Los ojos de ella brillaban por las lágrimas contenidas.
Al instante siguiente, apartó la mano, dio media vuelta y salió corriendo de la habitación.
Sabía que si se quedaba allí un segundo más, no podría contener las lágrimas.
En el pasillo, se dejó caer sobre un banco frío e implacable, con las manos tan apretadas que se le pusieron blancos los nudillos.
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